lunes, 11 de mayo de 2009

Maquinaciones sobre el 11 de Septiembre

El sexto aniversario de los ataques a las Torres Gemelas y al Pentágono sirvió para estimular una vez más el rico caudal de teorías conspirativas que pueblan el ciberespacio y las mesas de las librerías, y que intentan cuestionar la versión oficial de lo que ocurrió en la funesta mañana del 11 de septiembre de 2001.

Una rápida búsqueda por Yahoo revela la existencia de más de seis millones de sitios y más de 3000 libros que abonan estas creencias. Algunas son tan disparatadas que no resisten a la menor consideración, como la que habla de un complot sionista y argumenta falsamente que 4000 empleados judíos no concurrieron ese día a trabajar. De hecho, 400 judíos murieron en el atentado.

Pero otras están elaboradas con gran astucia y cuestionan con tal agudeza las conclusiones del informe oficial que no pueden descartarse con la misma facilidad.

Uno de los alegatos más provocativos es el presentado en el documental titulado Loose Change ("Cambio chico") escrito y dirigido por Dylan Avery, cuya primera edición fue completada en abril del 2005.

La película arguye, con gran persuasión, que el ataque fue planeado y conducido por elementos dentro del gobierno norteamericano con el fin de crear las condiciones para lanzar una guerra contra Afganistán e Irak, y enumera una cantidad de presuntas anomalías en la investigación oficial. Algunas de sus conclusiones son:


Que fueron explosivos, y no el impacto de los aviones, los que provocaron el derrumbe de las Torres Gemelas porque la caída vertical sólo podría haberse producido por una explosión en la base.

Que el incendio dentro de las torres no fue suficiente para derretir los soportes de acero.

Que el vuelo 93 no fue abatido sino que aterrizó en el aeropuerto Hopkins de Cleveland donde pasajeros y tripulantes fueron llevados por personal de gobierno a un centro desocupado de la NASA.

Que fue un misil y no el Boeing 757 el que impactó al Pentágono, en virtud de que los boquetes que dejó el impacto serían demasiado pequeños para un avión cuyas alas tienen una extensión de 38 metros.

Que varios de los secuestradores identificados por el gobierno no se encontraban en los aviones sino que estaban vivos el 11 de septiembre y, probablemente, lo estén aún hoy.

La supervivencia de estas dudas, a seis años de los hechos, no puede ser desestimada. Una encuesta de Scripps-Howard, realizada el año pasado, determinó que el 36% de los norteamericanos consideraba "posible" o "muy posible" que funcionarios del gobierno hubieran facilitado el ataque o hubieran sido directamente responsables.

En marzo de 2005, la revista Mecánica Popular convocó a un grupo de expertos para analizar las evidencias y principales afirmaciones de los teóricos conspirativos.

Su veredicto, publicado con el título de "Desacreditando los mitos del 11/9", resultó en una completa refutación de las teorías conspirativas. Pero más que poner fin al debate, lo azuzó y ni siquiera la impugnación de estos mitos por fuentes insospechables, como David Corn, de la revista The Nation , ha logrado convencer a los escépticos.

Es probable que el cine y la literatura hayan contribuido a crear la impresión de que poderes siniestros armados de vastos recursos operan desde las sombras. No es que los poderes siniestros no existan, pero es difícil imaginar que los responsables de la torpe y bochornosa aventura iraquí sean los mismos que planificaron una operación tan brillante, compleja y enmarañada como la que imaginan los teóricos conspirativos.

Pensar que detrás de cada hecho hay un complot no nos vuelve menos vulnerables, pero al menos nos convence de que no somos ingenuos.

Mario Diament
Copyright S. A. LA NACION 2007. Todos los derechos reservados

No hay comentarios:

Publicar un comentario