lunes, 11 de mayo de 2009

La hora del slow travel

Viajar en tren en vez de avión. Conocer un lugar en profundidad y no 20 ciudades en 20 días. Preferir la gastronomía típica a la internacional. Descubrir, no sólo mirar.

Estas premisas, que hasta podrían ser consideradas poco pretenciosas, son algunos de los pilares del slow travel, tendencia que crece en el mundo de la mano del movimiento slow.

La propuesta surge como contrapartida de la modalidad de viajes de los últimos tiempos. Esas salidas donde se vuelve más agotado que antes de partir, con vuelos interminables, horas y horas de espera en los aeropuertos, y paquetes tan ajustados que obligan a mirar más el reloj que el paisaje.

El viaje lento, placentero, sin apuros ni corridas llega como una derivación de un pariente muy cercano: el movimiento Slow Food, que nació en Italia en 1989 para contrarrestar la comida estandarizada y la vida rápida, impedir la desaparición de las tradiciones gastronómicas locales y combatir la falta de interés general por la nutrición y los sabores.

Así como Slow Food propone saborear la comida, slow travel sugiere degustar lentamente los viajes, ser parte de la vida local y conectarse con los habitantes. Una filosofía similar aplicada en otro aspecto.

No existe una institución formal de slow travel, pero sí miles de blogs en Internet que intercambian experiencias y comentarios.

"Un viajero que quiera sumarse a esta tendencia debe priorizar los medios de transporte más amigables con el medio ambiente, y también la naturaleza de los viajes, que sean individuales y activos. También se sugiere alojamientos más íntimos, como hoteles boutique", según uno de los párrafos de una extensa nota publicada en mayo en la revista Newsweek sobre el tema.

Los fundamentos del slow travel se vinculan también con principios ecológicos y de conservación del medio ambiente. Ante todo debe ser un turismo responsable, que genere el menor impacto en la naturaleza.

Los viajeros slow son grandes defensores del tren. Lo prefieren a cualquier otro medio de transporte por su baja contaminación y porque asegura un viaje confortable, donde es fácil compenetrarse con el paisaje. Por supuesto, también bicicleta, bote y caminata para recorridos cortos.

"Un viaje relacionado con el movimiento slow debe tener un vínculo con los productores locales, hacer visitas a sus huertas, bodegas o fábricas, y hasta alojarse en ellas en los casos que sea posible", aporta Santiago Abarca, coordinador de los convivia (especie de sedes) en la Argentina de Slow Food, que descubrió esta corriente en un viaje por Italia hace siete años y desde entonces intenta que todos sus viajes tengan estas características. La agrupación cuenta con 500 socios en el país.

El gurú

Los seguidores de este movimiento tienen un libro de cabecera, Elogio de la lentitud , de Carl Honoré, canadiense radicado en Londres que de un día para el otro se dio cuenta de que ni siquiera tenía tiempo para contarle un cuento a su hijo. La obra, publicada en 2005 y traducida a 25 idiomas, rastrea la historia de la relación cada vez más dependiente del tiempo, y aborda las consecuencias y la dificultad de vivir en esta cultura acelerada.

Elogio de la lentitud es la primera mirada de gran alcance a los movimientos defensores de la lentitud. "Tengo un antes y un después muy claros. Antes llegaba a cada momento, a cada actividad, a cada tarea con un objetivo: hacerlo lo más rápido posible. Ahora prefiero hacer las cosas bien. Tengo la impresión de que soy mucho más productivo hoy que cuando corría siempre. Eso es la paradoja de la lentitud, muchas veces es más rápida y más eficaz que la velocidad", las palabras de Honoré sobre su propia experiencia.
Italia, referente

Además de viajes lentos, hay ciudades que quieren vivir todo el año de una manera afín con el movimiento.

La Città Slow (ciudad lenta, en italiano e inglés) es un sello de calidad turística que se otorga a aquellas localidades que cuentan con una gastronomía autóctona, ecológica y de calidad, con productos artesanales y lugares tradicionales de comida por medio de una organización internacional subsidiaria de Slow Food.

También se necesitan más requisitos si se quiere este sello: tener menos de 50.000 habitantes, los cascos históricos deben estar cerrados al tráfico y apostar por una arquitectura medioambiental que reconstruya espacios históricos y priorice las zonas verdes los y parques.

La ciudad de Bra, en el norte de Italia, fue la primera ciudad lenta del mundo y es donde está la sede de Slow Food. Actualmente existen alrededor de 60 città slow en el mundo, la mayoría en Europa y principalmente en Italia, y muchas otras en carpeta esperando aprobación. Y también existe un incipiente mercado turístico que sólo sale de viaje por esas ciudades y con los parámetros del slow travel.

Porque más allá del destino elegido, lo que importa es el modo de vivirlo, de conectarse con el lugar y descubrirlo.

Andrea Ventura

Decalogo elemental del viajero slow
Disfrutar tanto del viaje como del destino.

Preferir medios de transporte amigables con el medio ambiente, como tren, bote, bicicleta o caminata.

Conocer cada lugar en profundidad, por lo menos con una semana de estada.

Relacionarse con los nativos y sus costumbres; intentar ser parte del lugar.

Inclinarse por alojamientos con trato personalizado o rurales, y no grandes hoteles. La idea es sentirse como en casa.

Elegir la gastronomía típica de cada lugar y tomarse tiempo para degustar cada plato.

Priorizar los destinos más cercanos a los lejanos.

Evitar los viajes programados y los paquetes todo incluido.

Cuidar el medio ambiente

Animarse a improvisar.

Colonia avanza a paso tranquilo
En la Argentina todavía no hay una città slow, aunque hubo un buen intento, con Mar de las Pampas, que hace unas temporadas se propuso formar parte del movimiento. Finalmente no llegó a la aprobación de la central internacional, pero el pequeño poblado, al sur de Villa Gesell, creció y se formó con una inclinación slow.

Colonia, en Uruguay, también podría asociarse. Tiene características muy afines con las que pregona esta corriente.

"Estamos en etapa de evaluación. Colonia tiene muchas características coincidentes con la filosofía del movimiento, muchos valores compartidos -comenta Andrea Schunk, directora de Turismo de Colonia-. Es un movimiento que creció y resulta tentador querer sumarse."

La iniciativa de asociarse viene con el empuje del Sheraton de Colonia, que desde hace unos meses hizo una alianza con Slow Food, para ofrecer una propuesta de lo que se podría llamar Slow Hotel, un resort un poco alejado de la ciudad y conectado con la naturaleza, .

Cuando Helga Lightowler, gerente de Relaciones Públicas, le propuso al gerente del hotel vincularse con el movimiento, al principio le sonaba negativo. "Van a pensar que el servicio es lento", le respondió.

Pero después entendió la filosofía y que ir lento no significa no ser productivo.

"Tenemos la autorización de Italia como laboratorio, como prueba, y en unos meses habrá nuevas inspecciones para ver si se cumplieron con los pedidos", explica Lightowler.

Los requerimientos, muchos de los cuales ya se aplican, están relacionados con la gastronomía, las actividades y las propuestas del spa.

Deben tener una huerta que abastezca el restaurante, una variación de carta por estaciones y trabajar con productores de la zona. Por ejemplo, se les sugiere que ofrezcan a los huéspedes catas de vino, excursiones a bodegas o chacras para vincularse con los lugareños, clases de cocina para la familia, pesca y caminatas.

En el spa los tratamientos son holísticos, para lograr una armonía entre el cuerpo y el interior. Trabajan con productos orgánicos de la zona; por ejemplo, hay un masaje a base de yogur, frutos rojos y miel.

También, el hotel debe cuidar el medio ambiente y las especies vegetales y animales, y concientizar a los pasajeros.

"La idea, si esto funciona, es armar paquetes, ya que hay muchos turistas internacionales que viajan exclusivamente slow", según Lightowler.


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