Un equipo de científicos de la Universidad de Oxford tratará de determinar si la creencia en un ser superior llamado Dios es algo consustancial a la naturaleza humana o producto de la cultura.
Los científicos no intentarán resolver la cuestión de si Dios existe realmente, sino que tratarán de demostrar sobre todo si la creencia en Dios ha representado una ventaja para la humanidad desde el punto de vista de la evolución. También analizarán la posibilidad de que la fe se haya desarrollado como producto derivado de determinadas características humanas como, por ejemplo, la sociabilidad.
Comportamiento humano
Los científicos del centro Ian Ramsey para la Ciencia y la Religión y sus colegas del Centro de Antropología y la Mente de Oxford utilizarán como enfoque el de las ciencias cognitivas, que combinan una serie de disciplinas como la neurociencia, la biología evolucionaria o la lingüística para estudiar el comportamiento humano.
"Estamos interesados en averiguar exactamente en qué sentido la creencia en Dios es natural. Pensamos que hay más de eso de lo que la gente cree comúnmente", afirma el psicólogo Justin Barrett, citado ayer martes por el diario The Times.
Barrett compara a los creyentes con los niños pequeños que creen que los adultos saben todo lo que hay que saber.
Omnisciencia
Esa tendencia a creer en la omnisciencia de los otros, aunque se corrige con la experiencia que dan los años, necesaria para la cooperación y socialización, continúa en la fe en Dios. "Normalmente continúa en la vida adulta. Es fácil. Es intuitiva y natural", afirma el psicólogo británico.
Los expertos investigarán también otros aspectos del problema como el de si los conflictos de índole religiosa son producto de la naturaleza humana o si la creencia en la vida después de la muerte es fruto de la selección natural o es algo que se aprende.
EFE - 20minutos.es
domingo, 7 de junio de 2009
En busca del cementerio de abejas
Desaparecen sin dejar rastro. Desde Las Hurdes hasta California. El llamado “Síndrome del Desabejamiento de las Colmenas” está matando a millones de abejas de medio mundo. Científicos españoles aseguran que el “asesino múltiple” es un parásito procedente de Asia.
Otros expertos creen que el cambio climático, la calidad del polen o los pesticidas serían las causas. Incluso las radiaciones de los teléfonos móviles. Fundamentales en la polinización de los cultivos, su ausencia provocaría una catástrofe ecológica. Los apicultores registran pérdidas de hasta el 40 por ciento.
A veces, detrás de una noticia coyuntural y difícil de clasificar en las secciones tradicionales de un diario, se esconde un fenómeno ecológico de proporciones, un descalabro en cierne quizá más angustiante y amenazador aunque con menos prensa que los “tradicionales”, como el calentamiento global.
Abejas en los medios
El párrafo anterior era el que abría un inusual informe de varias páginas publicado por el diario El Mundo de España, destinado a encontrar razones al destino trágico con que se topan los insectos sociales de mayor inserción comercial de la historia de la humanidad: las abejas.
Pero el rastreo de la información, gracias a la globalización internauta, permite comprobar que el misterioso destino, repentino e insondable de las abejas, está diseminado por todo el mundo.
Hace apenas unos días, cables de agencias de noticias transcribían un insólito recuento en Italia: la Agencia para la Protección del Medio Ambiente de ese país indicó que casi la mitad de las colmenas se perdieron en el 2007 por falta de polinización. Las abejas, vaya a saber por qué, no hacían su trabajo. Es más, ni siquiera van a trabajar.
En el diario La Jornada de México se escribió: “Los cultivos genéticamente modificados, los pesticidas o el cambio climático podrían incidir en la disminución de estos insectos. Algo sucede con las abejas, que al parecer están desapareciendo y nadie sabe por qué. Esto ocurre en distintas partes del mundo, según registro de distintas fuentes, desde el diario estadounidense The New York Times hasta la revista alemana Der Spiegel”.
Alerta roja
“Más de un cuarto de las 2,4 millones de colonias de abejas en Estados Unidos se perdieron, es decir, decenas de miles de millones de dólares, según cálculos de Apiary Inspectors of America”, una de las organizaciones con mayor autoridad en el tema, informó Alexei Barrionuevo en The New York Times.
La Bee Alert Technology Inc., una empresa originalmente dedicada a proveer insumos para apicultores, convertida en los últimos tiempos en “bombero” del drama del éxodo de las abejas, confirmó que el “síndrome de despoblamiento de colmena” se expresó en 27 estados de los Estados Unidos.
Las abejas, pese a la preocupación periodística y científica, siguen incrementando sin aviso previo el ausentismo en sus lugares de trabajo. Algunos, temerariamente, ya confirman una mortandad colosal de este insecto, pero nadie, ni con la ayuda de la NASA o Scotland Yard, ha dado con el sitio en el que debieran estar acumulados trillones de cadáveres de abejas desaparecidas.
Soldado que huye...
“Históricamente, cuando algo afecta a los enjambres hay muchos insectos muertos”, sostiene May Berenbaum, profesora de entomología de la Universidad de Illinois. Pero en este episodio mundial, Berenbaum debió admitir, para consolidar el misterio: “No hay restos mortales”.
Más todavía: la anomalía llega a tal extremo que la legendaria obediencia, o más bien sumisión, de las abejas obreras respecto de la reina (aun en un mundo en que la monarquía está destinada a ocupar un sitial más testimonial que efectivo) está siendo subvertida por el agente misterioso que provoca esta catástrofe entomológica: las obreras se dan a la fuga dejando a la reina atrás, en un comportamiento de lo más atípico, más propio de la cobardía humana que de la tradicional resignación de estos insectos ante el orden social establecido.
Si desapareces, cuál será el costo?
El misterio es real. Por un lado, acosa a los apicultores desesperados por las pérdidas económicas. Y, por otro, a los científicos que pronostican una catástrofe vegetal de escala impredecible, en caso de que los principales ejecutores de la polinización que garantiza la fertilización de las plantas estén en retirada definitiva.
¿Alguien, desde la zoología o la botánica, puede predecir el impacto ecológico que implica la desaparición de abejas interviniendo en la reproducción de las plantas?
Desde que el mundo es mundo y tal como lo conoce el ser humano, las abejas resuelven ese trabajo indispensable: dado que las plantas en general no tienen la movilidad suficiente como para ir a buscar a su hembra o a su macho, fecundarlo y procrear, en buena parte del reino vegetal, el polen viaja desde el aparato masculino al femenino adosado al cuerpo de estos insectos voladores.
El misterio ha desatado todo tipo de elucubraciones. Y salvo las que la ignorancia o la idiotez suelen dictar en estos casos (“un complot de Rusia o de Osama bin Laden, o hasta que Dios las hubiera llamado de regreso al cielo”, según escribió una periodista mexicana), todas las hipótesis conducen a los desbarajustes ambientales que soporta el planeta: cultivos genéticamente modificados, plaguicidas, pesticidas, las ondas de los celulares, el estrés provocado por las migraciones a las que estos insectos son sometidos por los apicultores, el cambio climático, líneas de alto voltaje.
De abejas y otros insectos sociales
Encontrar la causa (o las causas) del fenómeno es crucial. Para los entomólogos la respuesta de las abejas es un síntoma del desarreglo en el funcionamiento de la cadena ecológica. En el caso de otros insectos sociales, como las hormigas, el comportamiento de fuga siempre se ha dado como respuesta a una contaminación o la presencia de un agente externo que afecta a sus colonias. Lo dramático es que en el caso de las abejas, la magnitud y la escala hablan del planeta en su totalidad.
La incógnita desató también un debate acerca del físico Albert Einstein. Alguna vez, como suele ocurrir con los genios, se le atribuyó una frase que decía que “si las abejas desaparecieran de la faz de la Tierra, la humanidad no permanecería en pie por más de cuatro años”. Nadie, pese a las bondades que supone bucear por Internet, pudo hallar el texto o la ocasión, y menos la prueba, de que Einstein haya sido autor de semejante sentencia apocalíptica.
Pero sí se puede confirmar que tuvo otra frase, quizá más profunda, ecológica y visionaria que aquélla: “Es evidente que la dependencia de los individuos respecto de la sociedad es un hecho de la naturaleza que no se puede abolir, tal como ocurre con las hormigas o las abejas”.
Sergio Federovisky
© 2000-2008 www.pagina12.com.ar|República Argentina|Todos los Derechos Reservados
Otros expertos creen que el cambio climático, la calidad del polen o los pesticidas serían las causas. Incluso las radiaciones de los teléfonos móviles. Fundamentales en la polinización de los cultivos, su ausencia provocaría una catástrofe ecológica. Los apicultores registran pérdidas de hasta el 40 por ciento.
A veces, detrás de una noticia coyuntural y difícil de clasificar en las secciones tradicionales de un diario, se esconde un fenómeno ecológico de proporciones, un descalabro en cierne quizá más angustiante y amenazador aunque con menos prensa que los “tradicionales”, como el calentamiento global.
Abejas en los medios
El párrafo anterior era el que abría un inusual informe de varias páginas publicado por el diario El Mundo de España, destinado a encontrar razones al destino trágico con que se topan los insectos sociales de mayor inserción comercial de la historia de la humanidad: las abejas.
Pero el rastreo de la información, gracias a la globalización internauta, permite comprobar que el misterioso destino, repentino e insondable de las abejas, está diseminado por todo el mundo.
Hace apenas unos días, cables de agencias de noticias transcribían un insólito recuento en Italia: la Agencia para la Protección del Medio Ambiente de ese país indicó que casi la mitad de las colmenas se perdieron en el 2007 por falta de polinización. Las abejas, vaya a saber por qué, no hacían su trabajo. Es más, ni siquiera van a trabajar.
En el diario La Jornada de México se escribió: “Los cultivos genéticamente modificados, los pesticidas o el cambio climático podrían incidir en la disminución de estos insectos. Algo sucede con las abejas, que al parecer están desapareciendo y nadie sabe por qué. Esto ocurre en distintas partes del mundo, según registro de distintas fuentes, desde el diario estadounidense The New York Times hasta la revista alemana Der Spiegel”.
Alerta roja
“Más de un cuarto de las 2,4 millones de colonias de abejas en Estados Unidos se perdieron, es decir, decenas de miles de millones de dólares, según cálculos de Apiary Inspectors of America”, una de las organizaciones con mayor autoridad en el tema, informó Alexei Barrionuevo en The New York Times.
La Bee Alert Technology Inc., una empresa originalmente dedicada a proveer insumos para apicultores, convertida en los últimos tiempos en “bombero” del drama del éxodo de las abejas, confirmó que el “síndrome de despoblamiento de colmena” se expresó en 27 estados de los Estados Unidos.
Las abejas, pese a la preocupación periodística y científica, siguen incrementando sin aviso previo el ausentismo en sus lugares de trabajo. Algunos, temerariamente, ya confirman una mortandad colosal de este insecto, pero nadie, ni con la ayuda de la NASA o Scotland Yard, ha dado con el sitio en el que debieran estar acumulados trillones de cadáveres de abejas desaparecidas.
Soldado que huye...
“Históricamente, cuando algo afecta a los enjambres hay muchos insectos muertos”, sostiene May Berenbaum, profesora de entomología de la Universidad de Illinois. Pero en este episodio mundial, Berenbaum debió admitir, para consolidar el misterio: “No hay restos mortales”.
Más todavía: la anomalía llega a tal extremo que la legendaria obediencia, o más bien sumisión, de las abejas obreras respecto de la reina (aun en un mundo en que la monarquía está destinada a ocupar un sitial más testimonial que efectivo) está siendo subvertida por el agente misterioso que provoca esta catástrofe entomológica: las obreras se dan a la fuga dejando a la reina atrás, en un comportamiento de lo más atípico, más propio de la cobardía humana que de la tradicional resignación de estos insectos ante el orden social establecido.
Si desapareces, cuál será el costo?
El misterio es real. Por un lado, acosa a los apicultores desesperados por las pérdidas económicas. Y, por otro, a los científicos que pronostican una catástrofe vegetal de escala impredecible, en caso de que los principales ejecutores de la polinización que garantiza la fertilización de las plantas estén en retirada definitiva.
¿Alguien, desde la zoología o la botánica, puede predecir el impacto ecológico que implica la desaparición de abejas interviniendo en la reproducción de las plantas?
Desde que el mundo es mundo y tal como lo conoce el ser humano, las abejas resuelven ese trabajo indispensable: dado que las plantas en general no tienen la movilidad suficiente como para ir a buscar a su hembra o a su macho, fecundarlo y procrear, en buena parte del reino vegetal, el polen viaja desde el aparato masculino al femenino adosado al cuerpo de estos insectos voladores.
El misterio ha desatado todo tipo de elucubraciones. Y salvo las que la ignorancia o la idiotez suelen dictar en estos casos (“un complot de Rusia o de Osama bin Laden, o hasta que Dios las hubiera llamado de regreso al cielo”, según escribió una periodista mexicana), todas las hipótesis conducen a los desbarajustes ambientales que soporta el planeta: cultivos genéticamente modificados, plaguicidas, pesticidas, las ondas de los celulares, el estrés provocado por las migraciones a las que estos insectos son sometidos por los apicultores, el cambio climático, líneas de alto voltaje.
De abejas y otros insectos sociales
Encontrar la causa (o las causas) del fenómeno es crucial. Para los entomólogos la respuesta de las abejas es un síntoma del desarreglo en el funcionamiento de la cadena ecológica. En el caso de otros insectos sociales, como las hormigas, el comportamiento de fuga siempre se ha dado como respuesta a una contaminación o la presencia de un agente externo que afecta a sus colonias. Lo dramático es que en el caso de las abejas, la magnitud y la escala hablan del planeta en su totalidad.
La incógnita desató también un debate acerca del físico Albert Einstein. Alguna vez, como suele ocurrir con los genios, se le atribuyó una frase que decía que “si las abejas desaparecieran de la faz de la Tierra, la humanidad no permanecería en pie por más de cuatro años”. Nadie, pese a las bondades que supone bucear por Internet, pudo hallar el texto o la ocasión, y menos la prueba, de que Einstein haya sido autor de semejante sentencia apocalíptica.
Pero sí se puede confirmar que tuvo otra frase, quizá más profunda, ecológica y visionaria que aquélla: “Es evidente que la dependencia de los individuos respecto de la sociedad es un hecho de la naturaleza que no se puede abolir, tal como ocurre con las hormigas o las abejas”.
Sergio Federovisky
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Levantar una casa
Tenía que “levantar” la casa de mis padres. Se dice increíblemente así. En el lenguaje copulan la materia y el ánima. Se levanta una casa cuando se la crea, cuando se la hace surgir de la nada, y ella va surgiendo de abajo para arriba. Pero también se la levanta cuando se la vacía, y ya no quedan restos de quienes vivieron allí. Sólo ahora, que me tocó hacerlo, me doy cuenta de esos dos sentidos, y de la notable diferencia de resonancias entre ambos. El primero infla los pulmones de esperanza y energía. El segundo lame el pecho con su saliva triste.
Cintia, que es quien vive ahora en la que fue la casa de mis padres, afortunadamente entiende lo que implica levantar una casa en mis circunstancias de hija única. Un prolongado paro de empleados estatales suspendió en los últimos meses las operaciones inmobiliarias en la provincia de Buenos Aires. Eso, además de provocar muchos perjuicios y bla bla bla, también permitió que muchos compradores y vendedores tuvieran oportunidad de conocerse más allá de sus roles, rehenes de un vocabulario yo diría que atroz.
El domingo pasado con Cintia nos mandamos una de sitcom. Habíamos quedado en vernos el lunes en una heladería de Quilmes. Me equivoqué de día. Pensé que el domingo era el lunes. O me dejé llevar por la ansiedad de entrar a esa casa que ya tiene otro piso, otros colores en las paredes, otra luz. Me tomé un remís y cuando íbamos por la autopista me animé a decirle al remisero: “Qué vacío está todo. Parece un feriado”, temiendo escuchar lo que efectivamente escuché: “Es feriado, señora. Es domingo”. Estábamos en la mitad de la autopista, ¿qué podía hacer? Nada. Me dije: paseo por Quilmes un rato y me vuelvo. Llegué al barrio. Me bajé unas cuantas cuadras antes. Esas calles tienen perfume de jacarandá. La casa que había sido de mis padres estaba con las persianas bajas. Les toqué timbre a Nené y a Luis, los vecinos de toda la vida, ochenta y pico los dos. Me sirvieron un café y me dieron charla un rato.
Después ellos me dijeron que Cintia, la nueva vecina, se había armado su dormitorio en el garaje. Crucé y golpeé. Cintia se despertó y, tal como yo lo había imaginado, cuando pensé que tal vez estuviera todavía durmiendo, me recibió al grito de “¡Me encantan las visitas inesperadas!”, y me hizo pasar.
Había tenido insomnio, me explicaba mientras se movía por la cocina como disculpándose de andar con esas mechas en una casa ajena, porque para ella ésa todavía es “mi” casa. En el piso había diarios y arriba, una bandeja, una lata de pintura y un pincel. “Tuve una madrugada muy movida. Pinté una bandeja y después leí la vida de Abraham Lincoln”, se rió, mostrándome una edición de bolsillo en inglés.
A la casa, en rigor, no pude “levantarla”. Hice todo por control remoto, diciendo muchas veces “sí, sí, llevátelo”, hasta que quedaron las cosas más íntimas. Y a esas cosas las embaló Cintia. Embaló hasta las aspirinas. “Es que yo no sabía qué podía llegar a tener un valor sentimental, así que embalé absolutamente todo”, me dijo, y yo me preguntaba por qué vía increíble podía llegar a convertirse una aspirina en un objeto con valor sentimental. Pero eso es parte del encanto de Cintia. Deja muchas posibilidades abiertas.
Esta semana llegaron las cajas que embaló Cintia a mi casa. Pese a que había un juego de cristal tallado de infinitas copas y poncheras, Cintia me dijo el domingo: “Son casi todas fotos”.
Cintia tenía razón, si se refería a objetos con valor sentimental inflamable. Este fin de semana me dediqué a ver con qué fotos me quedaba y qué fotos mandaba definitivamente al olvido. Guardé las de mis padres. Tiré las de las personas que yo no conocía. Tampoco las guardé todas. Elegí solamente las fotos en las que se están riendo.
Uno necesita recordar nítidamente las sonrisas de su padre y de su madre. Gracias, Cintia.
Sandra Russo
© 2000-2008 www.pagina12.com.ar|República Argentina|Todos los Derechos Reservados
Cintia, que es quien vive ahora en la que fue la casa de mis padres, afortunadamente entiende lo que implica levantar una casa en mis circunstancias de hija única. Un prolongado paro de empleados estatales suspendió en los últimos meses las operaciones inmobiliarias en la provincia de Buenos Aires. Eso, además de provocar muchos perjuicios y bla bla bla, también permitió que muchos compradores y vendedores tuvieran oportunidad de conocerse más allá de sus roles, rehenes de un vocabulario yo diría que atroz.
El domingo pasado con Cintia nos mandamos una de sitcom. Habíamos quedado en vernos el lunes en una heladería de Quilmes. Me equivoqué de día. Pensé que el domingo era el lunes. O me dejé llevar por la ansiedad de entrar a esa casa que ya tiene otro piso, otros colores en las paredes, otra luz. Me tomé un remís y cuando íbamos por la autopista me animé a decirle al remisero: “Qué vacío está todo. Parece un feriado”, temiendo escuchar lo que efectivamente escuché: “Es feriado, señora. Es domingo”. Estábamos en la mitad de la autopista, ¿qué podía hacer? Nada. Me dije: paseo por Quilmes un rato y me vuelvo. Llegué al barrio. Me bajé unas cuantas cuadras antes. Esas calles tienen perfume de jacarandá. La casa que había sido de mis padres estaba con las persianas bajas. Les toqué timbre a Nené y a Luis, los vecinos de toda la vida, ochenta y pico los dos. Me sirvieron un café y me dieron charla un rato.
Después ellos me dijeron que Cintia, la nueva vecina, se había armado su dormitorio en el garaje. Crucé y golpeé. Cintia se despertó y, tal como yo lo había imaginado, cuando pensé que tal vez estuviera todavía durmiendo, me recibió al grito de “¡Me encantan las visitas inesperadas!”, y me hizo pasar.
Había tenido insomnio, me explicaba mientras se movía por la cocina como disculpándose de andar con esas mechas en una casa ajena, porque para ella ésa todavía es “mi” casa. En el piso había diarios y arriba, una bandeja, una lata de pintura y un pincel. “Tuve una madrugada muy movida. Pinté una bandeja y después leí la vida de Abraham Lincoln”, se rió, mostrándome una edición de bolsillo en inglés.
A la casa, en rigor, no pude “levantarla”. Hice todo por control remoto, diciendo muchas veces “sí, sí, llevátelo”, hasta que quedaron las cosas más íntimas. Y a esas cosas las embaló Cintia. Embaló hasta las aspirinas. “Es que yo no sabía qué podía llegar a tener un valor sentimental, así que embalé absolutamente todo”, me dijo, y yo me preguntaba por qué vía increíble podía llegar a convertirse una aspirina en un objeto con valor sentimental. Pero eso es parte del encanto de Cintia. Deja muchas posibilidades abiertas.
Esta semana llegaron las cajas que embaló Cintia a mi casa. Pese a que había un juego de cristal tallado de infinitas copas y poncheras, Cintia me dijo el domingo: “Son casi todas fotos”.
Cintia tenía razón, si se refería a objetos con valor sentimental inflamable. Este fin de semana me dediqué a ver con qué fotos me quedaba y qué fotos mandaba definitivamente al olvido. Guardé las de mis padres. Tiré las de las personas que yo no conocía. Tampoco las guardé todas. Elegí solamente las fotos en las que se están riendo.
Uno necesita recordar nítidamente las sonrisas de su padre y de su madre. Gracias, Cintia.
Sandra Russo
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Fachadas
La vida de los otros es tan clara, tan simple y tan definida que resulta imposible entender los motivos de las desgracias y catástrofes que se suceden imprevistamente y en catarata frenética en existencias aparentemente felices. Ocurre que esas "vidas plenas" de los otros lo son en nuestra mirada que incluye nuestras carencias. Así para el pobre asalariado que hace malabares para llegar a fin de mes resulta increíble que algún millonario, joven, apuesto y rodeado de novias espectaculares decida terminar su existencia descerrajándose un tiro en la sien. Para los grises anónimos es absurdo que artistas ó deportistas que han llegado al máximo de la celebridad y la gloria se sientan tan solos y vulnerables que desperdicien su juventud en un desenfrenado consumo de drogas y alcohol que muchas veces los lleva a la cárcel y a la muerte. ¿Cómo puede explicarse una gorda sin atractivos que vegeta en una oficina aguantando las broncas de sus compañeros que alguna escultural beldad rica y famosa además de bella naufrague en la depresión y el hartazgo de ser tomada sólo como un objeto decorativo para uso exclusivamente sexual?
Dicen que el jardín del vecino siempre parece más hermoso que el nuestro y es cierto aquello de que no es oro todo lo que reluce. Pero basta estar realmente enfermo para revalorar lo que es la salud y, al recuperarla, nuestra vida toma un nuevo sentido, donde nada es más importante que despertar cada mañana pudiendo apoyar firmemente nuestros pies en el suelo, respirar hondo, saber quiénes somos, dónde estamos y aprestarse para la gran aventura de un nuevo día. La recuperación de nuestra salud nos abre los ojos a lo que es realmente importante y ahí frenamos nuestras envidias por los paraísos ajenos que, muchas veces, no son más que purgatorios con apariencias de hotel cinco estrellas.
Desde luego que uno no debe caer en la trampa de creer que esos privilegiados de un mundo rico –famoso– o farandulero son todos desgraciados ó infelices. Nada más erróneo. Muchos de ellos la pasan muy bien, con sus espléndidas cabezas colmadas de dicha y sin hacerse el menor problema por la miseria que los rodea. Así como también mucha gente humilde que no pasa hambre pero que vive con lo justo disfruta de una vida feliz y plena rodeados de afecto y cariño, y con eso les alcanza y sobra.
Quizás vistos de afuera estos pobres ricos les parezcan desgraciados a los ricos pobres que se aburren en yates lujosos hartos de tenerlo todo sin sentirse dueños de nada. Pero lo cierto es que cada uno sabe como le va en la feria. Por lo tanto es ocioso querer vivir la vida de los otros, tan atractiva desde afuera y tan ardua y dificultosa desde adentro.
Recuerdo una anécdota de mi juventud, allá por el año 1963, al cumplirse un año de la muerte de Marilyn Monroe. Todos los diarios y revistas la mostraban en su platinado esplendor, con ese cuerpo sensual y abundante, aquella boca carnosa y esos ojos, más que aquellos ojos aquella mirada entre asombrada y melancólica que pedía ayuda a gritos. Al ver esa belleza recortada sobre suntuosos decorados hollywoodenses llenos de riqueza y glamour me miré a un espejo, recorrí con una mirada panorámica a mis compañeros y compañeras de mesa de café y con la impertinencia y agresividad que me caracterizaba en mis años mozos dije en voz alta: "si esta belleza admirada e idolatrada por millones de personas, con esa piel de seda, esos labios de coral y ese cuerpo de sirena se suicidó... nosotros ¿Qué tenemos que hacer? ¡al Riachuelo chicos!" ¡claro! Yo tenía veintidós años y creía sólo en las apariencias. Hoy, jovato y algo más sabio sé por experiencia que no hay mayor engaño que lo que se ve desde afuera y, que cada uno conoce su infierno y su paraíso y que muchas veces no tienen nada que ver con la fachada exterior.
Enrique Pinti
Copyright 2008 SA LA NACION | Todos los derechos reservados
Dicen que el jardín del vecino siempre parece más hermoso que el nuestro y es cierto aquello de que no es oro todo lo que reluce. Pero basta estar realmente enfermo para revalorar lo que es la salud y, al recuperarla, nuestra vida toma un nuevo sentido, donde nada es más importante que despertar cada mañana pudiendo apoyar firmemente nuestros pies en el suelo, respirar hondo, saber quiénes somos, dónde estamos y aprestarse para la gran aventura de un nuevo día. La recuperación de nuestra salud nos abre los ojos a lo que es realmente importante y ahí frenamos nuestras envidias por los paraísos ajenos que, muchas veces, no son más que purgatorios con apariencias de hotel cinco estrellas.
Desde luego que uno no debe caer en la trampa de creer que esos privilegiados de un mundo rico –famoso– o farandulero son todos desgraciados ó infelices. Nada más erróneo. Muchos de ellos la pasan muy bien, con sus espléndidas cabezas colmadas de dicha y sin hacerse el menor problema por la miseria que los rodea. Así como también mucha gente humilde que no pasa hambre pero que vive con lo justo disfruta de una vida feliz y plena rodeados de afecto y cariño, y con eso les alcanza y sobra.
Quizás vistos de afuera estos pobres ricos les parezcan desgraciados a los ricos pobres que se aburren en yates lujosos hartos de tenerlo todo sin sentirse dueños de nada. Pero lo cierto es que cada uno sabe como le va en la feria. Por lo tanto es ocioso querer vivir la vida de los otros, tan atractiva desde afuera y tan ardua y dificultosa desde adentro.
Recuerdo una anécdota de mi juventud, allá por el año 1963, al cumplirse un año de la muerte de Marilyn Monroe. Todos los diarios y revistas la mostraban en su platinado esplendor, con ese cuerpo sensual y abundante, aquella boca carnosa y esos ojos, más que aquellos ojos aquella mirada entre asombrada y melancólica que pedía ayuda a gritos. Al ver esa belleza recortada sobre suntuosos decorados hollywoodenses llenos de riqueza y glamour me miré a un espejo, recorrí con una mirada panorámica a mis compañeros y compañeras de mesa de café y con la impertinencia y agresividad que me caracterizaba en mis años mozos dije en voz alta: "si esta belleza admirada e idolatrada por millones de personas, con esa piel de seda, esos labios de coral y ese cuerpo de sirena se suicidó... nosotros ¿Qué tenemos que hacer? ¡al Riachuelo chicos!" ¡claro! Yo tenía veintidós años y creía sólo en las apariencias. Hoy, jovato y algo más sabio sé por experiencia que no hay mayor engaño que lo que se ve desde afuera y, que cada uno conoce su infierno y su paraíso y que muchas veces no tienen nada que ver con la fachada exterior.
Enrique Pinti
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Entre la lengua y el paladar
Amargo como los sufrimientos de una princesa mitológica, fuerte como su valor para guardar el secreto sobre los tesoros de su marido Quetzacoatl –la serpiente emplumada–, de color oscuro como la sangre de sus heridas: así se describe el origen y los atributos de la planta del cacao –cacahuaquahtil– en una antigua y poética leyenda mexicana que rescata Víctor Ego Ducrot en su libro Los sabores de la historia (Norma, 2001). La esposa del dios fundador de las culturas había quedado al cuidado de los bienes de Quetz cuando este hubo de partir por mar hacia el Oriente. Los enemigos de su marido la aprisionaron y torturaron, pero ella se negó a revelar el secreto: antes prefirió verter su sangre sobre la tierra y así hizo nacer esta plata cuyos frutos, convenientemente procesados, tanto alimento, placer y adicción han proporcionado a buena parte de la humanidad.
Aunque otros territorios de México hacia el sur –provistos de zonas cálidas y húmedas donde el árbol de cacao puede alcanzar hasta diez metros– se disputan el origen del chocolate, lo cierto es que el descubrimiento por parte de los españoles de esa bebida amarga y muy fortificante, tuvo lugar en el imperio de Moctezuma, quien se la bebía sin medida en copa de oro, sazonada con pimienta, miel silvestre y a veces jugo dulce de arce. El príncipe azteca convidó con el brebaje a Hernán Cortés, quien rápidamente apreció sus reconfortantes efectos y no tardó en hacerle el panegírico a Carlos V, lo que derivó en el entusiasmo del monarca y en el favor de la corte española. Empero, todo parece indicar que un tiempo antes, frente a las costas de la actual Honduras, Cristóbal Colón, sin duda menos sibarita, había sido invitado a consumir esa bebida espesa y oscura y había recibido como presente unas habas ovaladas, marrones que no supo valorar.
Bebida de los dioses, moneda de cambio, el xocolatl provenía de los toltecas, ocupantes del territorio mexicano antes que mayas y aztecas. A partir de fines del siglo XV y comienzos del XVI, el chocolate copó a la nobleza española, de donde pasó a otras casas reales por vía de casamientos arreglados y de viajes de gente de la aristocracia. Esa preparación cuyo ingrediente principal era el fruto del cacaotero, tostado y molido, al que se añadía agua o leche, vainilla, canela, azúcar, y se tomaba caliente, despertó pasiones encendidas. Se cuenta que la infanta española Ana de Austria, hija de Felipe II, al casarse con Luis XIII de Francia, a comienzos del XVII, incluyó en su ajuar chocolate y también chocolatera para hacerlo y servirlo, y quizás algún chocolatier para elaborarlo. Así fue como, con el tiempo y los buenos reposteros, se inventaron en ese país del buen comer los éclairs, los profiteroles, la mousse y otras delicias que sólo de nombrarlas la boca se hace agua.
Xocolatl, chocolate en español y en inglés (con distinta pronunciación), cioccolata en Italia, schokolade en Alemania. Donde quiera que sea, esta golosina sublime al paladar cuando es preparada con materias primas de buena calidad y con procedimientos rigurosos, en cualesquiera de las formas que adopte (incluso aplicada a comidas saladas), genera energías, levanta el ánimo, alegra el espíritu y, por supuesto, causa un escalofrío deleitoso cuando –por ejemplo– un refinado bombón o una satinada tableta (con no menos de 70 por ciento de cacao) se derrite mórbidamente entre la lengua y el paladar.
Se dice de él que es afrodisíaco, que mejora la memoria, que alivia el síndrome premenstrual, que mejora el rendimiento deportivo, que es antioxidante. Casi una panacea, algunas de cuyas virtudes han sido científicamente comprobadas: efectivamente, el chocolate eleva la serotonina cerebral, droga natural producida por el cuerpo que disminuye cuando baja la luz solar. Por eso ahora que viene llegando el otoño, precediendo al invierno, es un buen momento para almacenar algo de chocolate en la heladera, a fin de que aliente a nuestra neuronas cuando el ánimo decaiga y la ansiedad suba. No por nada el Zchocolat.com francés, entre sus maravillosos bombones en cofres de madera y cajas de acero (que te manda a tu casa en cualquier lugar del mundo si te da el presupuesto), propone una valijita de chocolates con una cruz roja sobre blanco, que denomina “kit de supervivencia”.
Aunque tabletas, tortas, masitas, palos de Jacob y otras dulzuras se pueden degustar placenteramente en cualquier estación y horario, dice algunos especialistas que nunca se necesita más una porción de chocolate que un día frío, a eso de las cuatro de la tarde, cuando las defensas están más bajas. Un disfrute benéfico, pues.
Pascuas dignas de Willy Wonka
Pero antes de que se instalen las bajas temperaturas tenemos una excusa propicia para el consumo de chocolate en una escala mayor que la habitual: las Pascuas que conmemoran la resurrección de Jesucristo (quien primero se le apareció a la Magdalena, según el relato evangélico) después haber muerto clavado en la cruz. Al igual que las Navidades, la Pascua tiene sus especialidades gastronómicas en Occidente: la rosca, el cordero y, sobre todo, los huevos, los conejos, las gallinas de chocolate, semiamargo, con leche, blanco, el que gusten. Símbolo de nueva vida y esperanza el huevo, de abundancia y fecundidad el conejo (la gallina se suma acaso porque pone los huevos), estas figuras de chocolate, rellenas de peladillas, grageas, confites y regalitos, se pusieron de moda en el siglo XIX para felicidad de los niños y las niñas que las buscaban afanosamente en patios y jardines, donde habían sido escondidas.
Aunque en estos días hay huevos y animales pascuales por doquier, si se les ocurre confeccionarlos en casa necesitarán los clásicos moldes que se venden en bazares y que deben estar limpísimos antes de empezar a trabajar: se derrite a baño María chocolate cobertura del bueno, se pincela prolijamente el molde (vienen en mitades, después se pegan con más chocolate ablandado), se manda a la heladera unos minutos, se repite la operación y se desmolda fácilmente haciendo una leve presión en los bordes. Antes de unir las mitades, rellenar con pastillas de colores, alhajas, muñequitos, mensajes, lo que se les cante. Luego decorar con glacé, grana, adornitos a piacere.
Además de los huevos y conejos industriales que se encuentran en supermercados, kioscos y almacenes, está la posibilidad de entrar en éxtasis místico gracias a productos artesanales hechos por las monjas benedictinas de la Abadía Santa Escolástica (Martín Rodríguez 547, Punta Chica, 4725-2829). Famosas por la excelencia de su repostería, estas monjas proponen desde la austera paz de su monasterio, roscas, huevos y otras exquisiteces sin conservantes para celebrar debidamente las Pascuas.
También totalmente artesanales y muy recomendables son los chocolates que se elaboran en una pequeña fábrica de Villa Pueyrredón, que dirige Nilda Albornoz desde la muerte de su marido Roberto Grieco, en junio del año pasado: “El mejor pastelero de especialidades vienesas y un gran chocolatero, un experimentador con notables resultados, ahora reemplazado por su alumno, el maestro chocolatero Vicente Martínez”, se enfervoriza Nilda entre incitantes efluvios aromáticos. Es que RG Chocolate Artesanal está funcionando a tope, con pedidos insistentes de las veinte confiterías de la zona que abastecen, y además la gente del barrio se acerca a comprar directamente en Pareja 2964 (4572-6148). “Trabajamos sólo con el chocolate cobertura auténtico, de alta calidad y de origen africano casi siempre, sin agregados químicos, perfumado a la canela, la vainilla, el licor de cacao. Trabajamos sin maquinarias, lo esencial es saber darle el punto justo al chocolate, para que los productos salgan óptimos la temperatura debe mantenerse en 36 grados. Una vez listos los bombones y demás golosinas, hay que tener presente que no soportan más de 23 grados para mantener perfectos su sabor y textura.”
La fabriquita de la calle Pareja está al fondo de la casa familiar de Nilda Albornoz y en estas fechas se parece a la apetitosa casita que encontraron en el bosque Hansel y Gretel, hecha de dulcísimos delikatessen, pero sin la malvada bruja, obviamente. Solo el chocolatero Martínez, con la colaboración de Nilda (quien se ocupa de la parte comercial) y una asistente habitan ese mundo de ollas y bols de cobre, acero, aluminio, espátulas de madera, infinidad de moldes, bandejas,, mármoles, especias, licores y mucho chocolate. Todo al servicio de la realización de riquísimos bombones rellenos de cremas especiales (París, Oriente, menta, café, frutas, dulce de leche...), cáscaras de naranja, dátiles, ciruelas, pasas de uva con baño de chocolate, según la tradición europea. Y en las semanas previa a la Pascua, huevos, conejos, gallinas cuidadosamente presentados en sus cajas, decorados, rellenos de huevitos las figuras más grandes, y, esto ya es una instigación a la gula, bombones RG dentro de los medianos. “Me gusta ser la continuadora de la obra de mi marido, un amante del chocolate desde su época de pastelero que empezó a hacer sus propios bombones hace veinte años. Aunque hemos tenido mucho éxito en ferias y exposiciones, prefiero seguir trabajando en esta escala, controlando cada cosa que se hace a mano, de manera personalizada.”
Cannoly para Tony
El café y el chocolate forman un armonioso matrimonio en repostería, refuerzan mutuamente sus sabores en recetas como la de los profiteroles (que llevan chocolate amargo y café fuerte en su relleno, más salsa de chocolate sobre la pirámide de masas pegadas entre sí por hilos de caramelo) y la de los cannoli a la siciliana. En el libro de Jacques Kermoal y Martine Bartolomei, La mafia se sienta a la mesa (Tusquets), figura una fórmula que habría apreciado Tony Soprano, gran conocedor de la comida peninsular, y que también resulta apropiada para engullir en estas Pascuas.
Como su nombre lo indica, se trata de envoltorio de masa con forma de cañas o tubos para los que se necesitan varas de unos 2 centímetros de diámetro y 13 de largo. Se hace una masa con 150 gramos de harina fina, una cucharada de cacao amargo, una de café en polvo, una de azúcar, pizca de sal, una nuez de manteca, una clara de huevo. Se extiende con rodillo y se cortan redondeles con un vaso o molde de 13 centímetros, que luego se humedecen en manteca de cerdo y se enrollan en torno de las varas, se pegan los bordes con clara y se fríen en aceite de maní ( y sí, esa es la gracia) hasta que toman ese colorcito tostado característico que le gustaba a Tony. Se retiran las varas y se rellenan con una crema que se prepara con 250 gramos de ricota fresquísima, 150 gramos de azúcar impalpable, 50 gramos de zuccata (pasta de calabaza) escarchada y en trocitos, y 20 gramos de chocolate amargo triturado. Una vez que los ingredientes estén bien amalgamados se rellenan las cortezas con una manga de pico alargado, y se adornan los extremos con rodajas finas de naranja confitada. Dicho con todo respeto, como para que el mismísimo Tony Soprano resucite, si es que se murió en ese capítulo final en el ristorante.
Moira Soto
© 2000-2008 www.pagina12.com.ar|República Argentina|Todos los Derechos Reservados
Aunque otros territorios de México hacia el sur –provistos de zonas cálidas y húmedas donde el árbol de cacao puede alcanzar hasta diez metros– se disputan el origen del chocolate, lo cierto es que el descubrimiento por parte de los españoles de esa bebida amarga y muy fortificante, tuvo lugar en el imperio de Moctezuma, quien se la bebía sin medida en copa de oro, sazonada con pimienta, miel silvestre y a veces jugo dulce de arce. El príncipe azteca convidó con el brebaje a Hernán Cortés, quien rápidamente apreció sus reconfortantes efectos y no tardó en hacerle el panegírico a Carlos V, lo que derivó en el entusiasmo del monarca y en el favor de la corte española. Empero, todo parece indicar que un tiempo antes, frente a las costas de la actual Honduras, Cristóbal Colón, sin duda menos sibarita, había sido invitado a consumir esa bebida espesa y oscura y había recibido como presente unas habas ovaladas, marrones que no supo valorar.
Bebida de los dioses, moneda de cambio, el xocolatl provenía de los toltecas, ocupantes del territorio mexicano antes que mayas y aztecas. A partir de fines del siglo XV y comienzos del XVI, el chocolate copó a la nobleza española, de donde pasó a otras casas reales por vía de casamientos arreglados y de viajes de gente de la aristocracia. Esa preparación cuyo ingrediente principal era el fruto del cacaotero, tostado y molido, al que se añadía agua o leche, vainilla, canela, azúcar, y se tomaba caliente, despertó pasiones encendidas. Se cuenta que la infanta española Ana de Austria, hija de Felipe II, al casarse con Luis XIII de Francia, a comienzos del XVII, incluyó en su ajuar chocolate y también chocolatera para hacerlo y servirlo, y quizás algún chocolatier para elaborarlo. Así fue como, con el tiempo y los buenos reposteros, se inventaron en ese país del buen comer los éclairs, los profiteroles, la mousse y otras delicias que sólo de nombrarlas la boca se hace agua.
Xocolatl, chocolate en español y en inglés (con distinta pronunciación), cioccolata en Italia, schokolade en Alemania. Donde quiera que sea, esta golosina sublime al paladar cuando es preparada con materias primas de buena calidad y con procedimientos rigurosos, en cualesquiera de las formas que adopte (incluso aplicada a comidas saladas), genera energías, levanta el ánimo, alegra el espíritu y, por supuesto, causa un escalofrío deleitoso cuando –por ejemplo– un refinado bombón o una satinada tableta (con no menos de 70 por ciento de cacao) se derrite mórbidamente entre la lengua y el paladar.
Se dice de él que es afrodisíaco, que mejora la memoria, que alivia el síndrome premenstrual, que mejora el rendimiento deportivo, que es antioxidante. Casi una panacea, algunas de cuyas virtudes han sido científicamente comprobadas: efectivamente, el chocolate eleva la serotonina cerebral, droga natural producida por el cuerpo que disminuye cuando baja la luz solar. Por eso ahora que viene llegando el otoño, precediendo al invierno, es un buen momento para almacenar algo de chocolate en la heladera, a fin de que aliente a nuestra neuronas cuando el ánimo decaiga y la ansiedad suba. No por nada el Zchocolat.com francés, entre sus maravillosos bombones en cofres de madera y cajas de acero (que te manda a tu casa en cualquier lugar del mundo si te da el presupuesto), propone una valijita de chocolates con una cruz roja sobre blanco, que denomina “kit de supervivencia”.
Aunque tabletas, tortas, masitas, palos de Jacob y otras dulzuras se pueden degustar placenteramente en cualquier estación y horario, dice algunos especialistas que nunca se necesita más una porción de chocolate que un día frío, a eso de las cuatro de la tarde, cuando las defensas están más bajas. Un disfrute benéfico, pues.
Pascuas dignas de Willy Wonka
Pero antes de que se instalen las bajas temperaturas tenemos una excusa propicia para el consumo de chocolate en una escala mayor que la habitual: las Pascuas que conmemoran la resurrección de Jesucristo (quien primero se le apareció a la Magdalena, según el relato evangélico) después haber muerto clavado en la cruz. Al igual que las Navidades, la Pascua tiene sus especialidades gastronómicas en Occidente: la rosca, el cordero y, sobre todo, los huevos, los conejos, las gallinas de chocolate, semiamargo, con leche, blanco, el que gusten. Símbolo de nueva vida y esperanza el huevo, de abundancia y fecundidad el conejo (la gallina se suma acaso porque pone los huevos), estas figuras de chocolate, rellenas de peladillas, grageas, confites y regalitos, se pusieron de moda en el siglo XIX para felicidad de los niños y las niñas que las buscaban afanosamente en patios y jardines, donde habían sido escondidas.
Aunque en estos días hay huevos y animales pascuales por doquier, si se les ocurre confeccionarlos en casa necesitarán los clásicos moldes que se venden en bazares y que deben estar limpísimos antes de empezar a trabajar: se derrite a baño María chocolate cobertura del bueno, se pincela prolijamente el molde (vienen en mitades, después se pegan con más chocolate ablandado), se manda a la heladera unos minutos, se repite la operación y se desmolda fácilmente haciendo una leve presión en los bordes. Antes de unir las mitades, rellenar con pastillas de colores, alhajas, muñequitos, mensajes, lo que se les cante. Luego decorar con glacé, grana, adornitos a piacere.
Además de los huevos y conejos industriales que se encuentran en supermercados, kioscos y almacenes, está la posibilidad de entrar en éxtasis místico gracias a productos artesanales hechos por las monjas benedictinas de la Abadía Santa Escolástica (Martín Rodríguez 547, Punta Chica, 4725-2829). Famosas por la excelencia de su repostería, estas monjas proponen desde la austera paz de su monasterio, roscas, huevos y otras exquisiteces sin conservantes para celebrar debidamente las Pascuas.
También totalmente artesanales y muy recomendables son los chocolates que se elaboran en una pequeña fábrica de Villa Pueyrredón, que dirige Nilda Albornoz desde la muerte de su marido Roberto Grieco, en junio del año pasado: “El mejor pastelero de especialidades vienesas y un gran chocolatero, un experimentador con notables resultados, ahora reemplazado por su alumno, el maestro chocolatero Vicente Martínez”, se enfervoriza Nilda entre incitantes efluvios aromáticos. Es que RG Chocolate Artesanal está funcionando a tope, con pedidos insistentes de las veinte confiterías de la zona que abastecen, y además la gente del barrio se acerca a comprar directamente en Pareja 2964 (4572-6148). “Trabajamos sólo con el chocolate cobertura auténtico, de alta calidad y de origen africano casi siempre, sin agregados químicos, perfumado a la canela, la vainilla, el licor de cacao. Trabajamos sin maquinarias, lo esencial es saber darle el punto justo al chocolate, para que los productos salgan óptimos la temperatura debe mantenerse en 36 grados. Una vez listos los bombones y demás golosinas, hay que tener presente que no soportan más de 23 grados para mantener perfectos su sabor y textura.”
La fabriquita de la calle Pareja está al fondo de la casa familiar de Nilda Albornoz y en estas fechas se parece a la apetitosa casita que encontraron en el bosque Hansel y Gretel, hecha de dulcísimos delikatessen, pero sin la malvada bruja, obviamente. Solo el chocolatero Martínez, con la colaboración de Nilda (quien se ocupa de la parte comercial) y una asistente habitan ese mundo de ollas y bols de cobre, acero, aluminio, espátulas de madera, infinidad de moldes, bandejas,, mármoles, especias, licores y mucho chocolate. Todo al servicio de la realización de riquísimos bombones rellenos de cremas especiales (París, Oriente, menta, café, frutas, dulce de leche...), cáscaras de naranja, dátiles, ciruelas, pasas de uva con baño de chocolate, según la tradición europea. Y en las semanas previa a la Pascua, huevos, conejos, gallinas cuidadosamente presentados en sus cajas, decorados, rellenos de huevitos las figuras más grandes, y, esto ya es una instigación a la gula, bombones RG dentro de los medianos. “Me gusta ser la continuadora de la obra de mi marido, un amante del chocolate desde su época de pastelero que empezó a hacer sus propios bombones hace veinte años. Aunque hemos tenido mucho éxito en ferias y exposiciones, prefiero seguir trabajando en esta escala, controlando cada cosa que se hace a mano, de manera personalizada.”
Cannoly para Tony
El café y el chocolate forman un armonioso matrimonio en repostería, refuerzan mutuamente sus sabores en recetas como la de los profiteroles (que llevan chocolate amargo y café fuerte en su relleno, más salsa de chocolate sobre la pirámide de masas pegadas entre sí por hilos de caramelo) y la de los cannoli a la siciliana. En el libro de Jacques Kermoal y Martine Bartolomei, La mafia se sienta a la mesa (Tusquets), figura una fórmula que habría apreciado Tony Soprano, gran conocedor de la comida peninsular, y que también resulta apropiada para engullir en estas Pascuas.
Como su nombre lo indica, se trata de envoltorio de masa con forma de cañas o tubos para los que se necesitan varas de unos 2 centímetros de diámetro y 13 de largo. Se hace una masa con 150 gramos de harina fina, una cucharada de cacao amargo, una de café en polvo, una de azúcar, pizca de sal, una nuez de manteca, una clara de huevo. Se extiende con rodillo y se cortan redondeles con un vaso o molde de 13 centímetros, que luego se humedecen en manteca de cerdo y se enrollan en torno de las varas, se pegan los bordes con clara y se fríen en aceite de maní ( y sí, esa es la gracia) hasta que toman ese colorcito tostado característico que le gustaba a Tony. Se retiran las varas y se rellenan con una crema que se prepara con 250 gramos de ricota fresquísima, 150 gramos de azúcar impalpable, 50 gramos de zuccata (pasta de calabaza) escarchada y en trocitos, y 20 gramos de chocolate amargo triturado. Una vez que los ingredientes estén bien amalgamados se rellenan las cortezas con una manga de pico alargado, y se adornan los extremos con rodajas finas de naranja confitada. Dicho con todo respeto, como para que el mismísimo Tony Soprano resucite, si es que se murió en ese capítulo final en el ristorante.
Moira Soto
© 2000-2008 www.pagina12.com.ar|República Argentina|Todos los Derechos Reservados
Blackie: Volver a volar
Por allí circula una anécdota –de seguro apócrifa, pero deliciosa–- según la cual, al momento de volver a la televisión en democracia, una vez superado el alejamiento impuesto por quienes la consideraron “pegada” a los gobiernos militares, Mirtha Legrand habría recibido una instrucción muy precisa de su marido y mentor, Daniel Tinayre: “Chiquita, ahora tenés que ser Blackie”. En lo que hoy, a nuestras orejas, hace plausible el chisme (la efectiva reconversión de la Señora en una entrevistadora en ocasiones implacable, de tendencias más o menos liberales), no deja de hacerse oír la memoria de uno de los personajes más singulares que haya dado la televisión argentina: Blackie, esa mujer de anteojos oscuros que definió un modo de hacer delante y detrás de la pantalla.
¿Pero quién fue esa mujer que además de sus propios éxitos, como el legendario Volver a vivir, ocupó la dirección artística del primitivo Canal 7, produjo contenidos tan dispares como Odol pregunta y Titanes en el ring, fomentó las carreras de Tato Bores, Roberto Galán y muchos otros, e incluso se dio el lujo de quitarse de encima a Bernardo Neustadt de Prensa visual, con la anuencia de Alejandro Romay?
Según Myriam Escliar, autora de Blackie, con todo respeto, biografía novelada que constituye el primer trabajo minucioso sobre el personaje que se publica en el país, “resultó muy difícil acceder al costado humano de alguien que hacía un culto de la privacidad, impenetrable incluso para quienes trabajaron mucho con ella. De hecho, yo misma fui la primera sorprendida de que no hubiese nada sobre ella, y cuando se lo comenté a Moshe Korin, director de la editorial Milá, me contrapropuso que lo escribiera. Fueron dos años de ardua investigación, y comprendí por qué nadie lo había hecho antes. Costó mucho; los familiares no colaboraban, y quienes sí estaban dispuestos a hacerlo –personas que habían trabajado con ella o un especialista como Carlos Ulanovsky, muy generoso–, sólo podían informarme de su carrera profesional. Afortunadamente, una estudiante de periodismo que estaba haciendo su tesis sobre Blackie me dio un dato invaluable: el teléfono de Leocadia, una mujer que trabajó en su casa durante años, y a partir de su testimonio pude construir un mejor retrato de la persona”.
Los comienzos
Paloma Efrom nació en el seno de una familia judía en 1912. Cuando tenía 14 años, su madre enfermó gravemente y ella decidió cuidarla, por lo que dejó de lado la instrucción formal pero no el estudio. Como autodidacta, llegó a dominar, además del español, el idish, el hebreo, el inglés, el francés, el italiano, el portugués y el alemán. Le interesaron la música y la actuación, y a los 20 años se fue a vivir sola, “toda una revolución para la época –reflexiona Escliar–, en la que fue decisiva, como en tantas otras cosas, la influencia de su padre, Iedidio Efrom, un personaje muy curioso, que no dudó en apoyarla y alentarla a obtener su propia independencia económica”.
Gracias a sus conocimientos de inglés, Paloma comienza a trabajar en Icana, donde toma contacto con los negro spirituals, que habrían de llevarla al jazz y el soul, música muy poco conocida en la Buenos Aires de los años ’30. En 1934, se presenta al concurso de Jabón Federal en radio Sténtor, que gana cantando “Stormy Weather”, hoy un estándar de los hermanos Gershwin. Tuvo éxito, y de la mano de Eduardo Armani llegaría a cantar en el Teatro Colón. En el libro, Escliar refiere que Jaime Yankelevich, el zar de la época, llegó a ofrecerle el doble de lo que ganaba por dejar el jazz y dedicarse al tango, mucho más popular. “Sin embargo –lamenta–, de todo eso no quedó nada, ningún registro. Hay algunas fotos, muy curiosas porque se la ve muy linda, y ella siempre se creyó fea, pero no registros sonoros. Ni de la radio ni de Canal 7, nada.” Fue entonces cuando su padre, una vez más, la convenció de algo impensable para la época: mudarse a Estados Unidos para conocer de cerca la cultura negra, aprovechando que uno de sus hermanos vivía allí. Durante sus siete años en el misterioso país del norte, no sólo traba relación con algunos de los personajes más importantes del jazz y del cine (Louis Armstrong, Duke Ellington, Count Basie y Ella Fitzgerald, entre otros), contactos que habría de capitalizar en su futura carrera televisiva, sino que además busca sumergirse en ese mapa cultural distinto, inscribiéndose en una universidad de población negra (el segregacionismo era moneda corriente aun en las ciudades más progresistas) y recorriendo los más insólitos lugares. “En el libro yo me permito imaginar incluso una visita a un prostíbulo –comenta la autora–. Desde luego, no tengo el dato fehaciente, no eran cosas que uno comentara en aquella época, pero al ser una biografía novelada, tengo derecho a deducir qué cosas habrían podido interesarle según su personalidad. Y lo cierto es que era una mujer muy progresista y muy curiosa, muy inquieta, que es a fin de cuentas lo que le dio el empuje para llegar a los lugares a los que llegó. Así fue como trabó contacto con Ben Gurión y por su intermedio con Golda Meir, por ejemplo. O como conoció a Fellini en Italia. Estaba todo el tiempo rompiendo barreras, y con eso les abrió las puertas y sobre todo los ojos a muchas mujeres de la época. A fin de cuenta, si ella, en su doble calidad de mujer y judía, había podido, las demás también podíamos.
Radiofonía y televisión
De vuelta en Buenos Aires, ya con el seudónimo Blackie, sigue cultivando el jazz, lo que la lleva a presentarse en el Maipo junto a Pepe Arias, por quien conoce a su marido, Carlos Olivari. “Un bohemio, un hombre de la noche –rememora Escliar–, y en este sentido, contradictoriamente, ella era muy convencional, un poco Susanita, le importaban mucho los horarios de la comida y era una obsesiva de la limpieza. Alguna gente que los conoció dice que él le era muy infiel, y es muy probable. De modo que a los diez años se separaron, pero yo creo que ella siguió amándolo toda su vida, cuando él murió fue un golpe tremendo para ella. Este matrimonio es uno de los puntos oscuros, de todos modos, porque en un librito que recopila algunos testimonios de Blackie, ella dice que su padre lo quiso mucho a Olivari, sin importarle que fuera goy. Sin embargo, al parecer, su padre, que era hijo y nieto de rabinos, era muy religioso, y algunas personas que lo conocieron dicen que en verdad, al saber del matrimonio, se tiró al piso del templo de Libertad y se rasgó las vestiduras, en inequívoca señal de duelo. Y hay quien dice que lo odiaba, en realidad, por cuánto la hizo sufrir a ella. Como fuera, Blackie no volvió a tener otra relación sentimental importante, lo que incluso generó rumores de un supuesto lesbianismo, que yo en el libro descarto.”
Durante esos mismos años, a la par de su carrera como cantante, comienza una prolífica actividad en la radio: a Diálogos con Blackie, en Belgrano, le sucede La mujer y la tarde con Blackie, en Continental. Su popularidad la lleva a debutar en comedias musicales e incluso en el cine, en películas como Cristina y Luces de Buenos Aires, pero el gran cambio llegaría en los años ’50, cuando los dueños de la Agencia Naicó (José Cibrián, Ana María Campoy, Juan Carlos Thorry y Tito Bajnoff) le ofrecen un espacio en televisión, a las 21. Sin mucho tiempo para ensayos (la oferta la recibió el mismo día de su debut), Blackie juntó fotografías de su archivo y mientras las desplegaba ante la cámara, refería anécdotas de sus años en Estados Unidos. Cita con las estrellas fue un éxito que se extendió durante siete años, y poco después, en 1954, le merecería la invitación de Cecilio Madanes a compartir la dirección artística de Canal 7. De allí en más, el resto es leyenda. Gran parte de lo que la televisión llegó a ser en Argentina estuvo directamente relacionado con esa mujer enigmática y contradictoria, signada por una vida totalmente singular, que fue Paloma Efrom, Blackie, una productora intuitiva y quizás uno de los mejores entrevistadores que ha conocido el medio.
Pero quien era Paloma?
“No era fácil –sonríe su biógrafa–. No aceptaba ningún tipo de imperfección, propia ni ajena. Era infatigable, obsesiva y levantaba una muralla que la separaba de los demás, incluso de aquellos con quienes trabajó durante años, como Armando Barbeito. Además, era muy mal hablada, puteaba en forma permanente. Yo recreo una escena, que me parece totalmente plausible, donde alguien le pregunta si es cierto que ella es la persona peor hablada de los medios, y su respuesta es: ‘Sí, es verdad, pero a vos, ¿qué carajo te importa?’. En fin, es esa distancia que aparece también en su imagen, siempre con las gafas oscuras, que para mí era un detalle clave. Una vez le pregunté a alguien que había trabajado con ella qué escondía detrás de los anteojos, y dijo que nada, sólo una gran miopía. Pero yo estaba convencida de que ahí había algo, y después vengo a enterarme, por medio de Leocadia, esa gran colaboradora, que la llamaban por teléfono y le gritaban ‘judía de mierda, te vamos a matar’, y que vivía muy atemorizada, que incluso le pedía que la acompañara a la radio cada vez que salía. Para mí, había inseguridad y miedo, bastante miedo ante la gran exposición que en ese momento significaba ocupar el lugar que ocupó ella en la televisión.”
Blackie, con todo respeto perfila la imagen verosímil de una mujer arrolladora impulsada, en verdad, por el temor a la depresión, a la soledad y a la insatisfacción. Algunos de los detalles que llegan por intermedio de su mucama resultan conmovedores, como las noches en que la incansable señora, vencida al fin de la jornada, no lograba conciliar el sueño sino en brazos de su fiel Leocadia, acosada por la angustia, el insomnio y el llanto. Otros pasajes, novelados por Escliar, procuran conjeturar la actitud de su protagonista ante los distintos eventos históricos y los vaivenes políticos, procedimiento en que la autora reconoce su deuda con David Viñas. En suma, un minucioso intento por develar los recovecos de una de las figuras más célebres pero también más desconocidas de la cultura argentina, sometida al silencio –como buena parte de la televisión de su época– por la escandalosa falta de archivos y la pérdida de buena parte de una historia irrecuperable.
Hugo Salas
© 2000-2008 www.pagina12.com.ar|República Argentina|Todos los Derechos Reservados
¿Pero quién fue esa mujer que además de sus propios éxitos, como el legendario Volver a vivir, ocupó la dirección artística del primitivo Canal 7, produjo contenidos tan dispares como Odol pregunta y Titanes en el ring, fomentó las carreras de Tato Bores, Roberto Galán y muchos otros, e incluso se dio el lujo de quitarse de encima a Bernardo Neustadt de Prensa visual, con la anuencia de Alejandro Romay?
Según Myriam Escliar, autora de Blackie, con todo respeto, biografía novelada que constituye el primer trabajo minucioso sobre el personaje que se publica en el país, “resultó muy difícil acceder al costado humano de alguien que hacía un culto de la privacidad, impenetrable incluso para quienes trabajaron mucho con ella. De hecho, yo misma fui la primera sorprendida de que no hubiese nada sobre ella, y cuando se lo comenté a Moshe Korin, director de la editorial Milá, me contrapropuso que lo escribiera. Fueron dos años de ardua investigación, y comprendí por qué nadie lo había hecho antes. Costó mucho; los familiares no colaboraban, y quienes sí estaban dispuestos a hacerlo –personas que habían trabajado con ella o un especialista como Carlos Ulanovsky, muy generoso–, sólo podían informarme de su carrera profesional. Afortunadamente, una estudiante de periodismo que estaba haciendo su tesis sobre Blackie me dio un dato invaluable: el teléfono de Leocadia, una mujer que trabajó en su casa durante años, y a partir de su testimonio pude construir un mejor retrato de la persona”.
Los comienzos
Paloma Efrom nació en el seno de una familia judía en 1912. Cuando tenía 14 años, su madre enfermó gravemente y ella decidió cuidarla, por lo que dejó de lado la instrucción formal pero no el estudio. Como autodidacta, llegó a dominar, además del español, el idish, el hebreo, el inglés, el francés, el italiano, el portugués y el alemán. Le interesaron la música y la actuación, y a los 20 años se fue a vivir sola, “toda una revolución para la época –reflexiona Escliar–, en la que fue decisiva, como en tantas otras cosas, la influencia de su padre, Iedidio Efrom, un personaje muy curioso, que no dudó en apoyarla y alentarla a obtener su propia independencia económica”.
Gracias a sus conocimientos de inglés, Paloma comienza a trabajar en Icana, donde toma contacto con los negro spirituals, que habrían de llevarla al jazz y el soul, música muy poco conocida en la Buenos Aires de los años ’30. En 1934, se presenta al concurso de Jabón Federal en radio Sténtor, que gana cantando “Stormy Weather”, hoy un estándar de los hermanos Gershwin. Tuvo éxito, y de la mano de Eduardo Armani llegaría a cantar en el Teatro Colón. En el libro, Escliar refiere que Jaime Yankelevich, el zar de la época, llegó a ofrecerle el doble de lo que ganaba por dejar el jazz y dedicarse al tango, mucho más popular. “Sin embargo –lamenta–, de todo eso no quedó nada, ningún registro. Hay algunas fotos, muy curiosas porque se la ve muy linda, y ella siempre se creyó fea, pero no registros sonoros. Ni de la radio ni de Canal 7, nada.” Fue entonces cuando su padre, una vez más, la convenció de algo impensable para la época: mudarse a Estados Unidos para conocer de cerca la cultura negra, aprovechando que uno de sus hermanos vivía allí. Durante sus siete años en el misterioso país del norte, no sólo traba relación con algunos de los personajes más importantes del jazz y del cine (Louis Armstrong, Duke Ellington, Count Basie y Ella Fitzgerald, entre otros), contactos que habría de capitalizar en su futura carrera televisiva, sino que además busca sumergirse en ese mapa cultural distinto, inscribiéndose en una universidad de población negra (el segregacionismo era moneda corriente aun en las ciudades más progresistas) y recorriendo los más insólitos lugares. “En el libro yo me permito imaginar incluso una visita a un prostíbulo –comenta la autora–. Desde luego, no tengo el dato fehaciente, no eran cosas que uno comentara en aquella época, pero al ser una biografía novelada, tengo derecho a deducir qué cosas habrían podido interesarle según su personalidad. Y lo cierto es que era una mujer muy progresista y muy curiosa, muy inquieta, que es a fin de cuentas lo que le dio el empuje para llegar a los lugares a los que llegó. Así fue como trabó contacto con Ben Gurión y por su intermedio con Golda Meir, por ejemplo. O como conoció a Fellini en Italia. Estaba todo el tiempo rompiendo barreras, y con eso les abrió las puertas y sobre todo los ojos a muchas mujeres de la época. A fin de cuenta, si ella, en su doble calidad de mujer y judía, había podido, las demás también podíamos.
Radiofonía y televisión
De vuelta en Buenos Aires, ya con el seudónimo Blackie, sigue cultivando el jazz, lo que la lleva a presentarse en el Maipo junto a Pepe Arias, por quien conoce a su marido, Carlos Olivari. “Un bohemio, un hombre de la noche –rememora Escliar–, y en este sentido, contradictoriamente, ella era muy convencional, un poco Susanita, le importaban mucho los horarios de la comida y era una obsesiva de la limpieza. Alguna gente que los conoció dice que él le era muy infiel, y es muy probable. De modo que a los diez años se separaron, pero yo creo que ella siguió amándolo toda su vida, cuando él murió fue un golpe tremendo para ella. Este matrimonio es uno de los puntos oscuros, de todos modos, porque en un librito que recopila algunos testimonios de Blackie, ella dice que su padre lo quiso mucho a Olivari, sin importarle que fuera goy. Sin embargo, al parecer, su padre, que era hijo y nieto de rabinos, era muy religioso, y algunas personas que lo conocieron dicen que en verdad, al saber del matrimonio, se tiró al piso del templo de Libertad y se rasgó las vestiduras, en inequívoca señal de duelo. Y hay quien dice que lo odiaba, en realidad, por cuánto la hizo sufrir a ella. Como fuera, Blackie no volvió a tener otra relación sentimental importante, lo que incluso generó rumores de un supuesto lesbianismo, que yo en el libro descarto.”
Durante esos mismos años, a la par de su carrera como cantante, comienza una prolífica actividad en la radio: a Diálogos con Blackie, en Belgrano, le sucede La mujer y la tarde con Blackie, en Continental. Su popularidad la lleva a debutar en comedias musicales e incluso en el cine, en películas como Cristina y Luces de Buenos Aires, pero el gran cambio llegaría en los años ’50, cuando los dueños de la Agencia Naicó (José Cibrián, Ana María Campoy, Juan Carlos Thorry y Tito Bajnoff) le ofrecen un espacio en televisión, a las 21. Sin mucho tiempo para ensayos (la oferta la recibió el mismo día de su debut), Blackie juntó fotografías de su archivo y mientras las desplegaba ante la cámara, refería anécdotas de sus años en Estados Unidos. Cita con las estrellas fue un éxito que se extendió durante siete años, y poco después, en 1954, le merecería la invitación de Cecilio Madanes a compartir la dirección artística de Canal 7. De allí en más, el resto es leyenda. Gran parte de lo que la televisión llegó a ser en Argentina estuvo directamente relacionado con esa mujer enigmática y contradictoria, signada por una vida totalmente singular, que fue Paloma Efrom, Blackie, una productora intuitiva y quizás uno de los mejores entrevistadores que ha conocido el medio.
Pero quien era Paloma?
“No era fácil –sonríe su biógrafa–. No aceptaba ningún tipo de imperfección, propia ni ajena. Era infatigable, obsesiva y levantaba una muralla que la separaba de los demás, incluso de aquellos con quienes trabajó durante años, como Armando Barbeito. Además, era muy mal hablada, puteaba en forma permanente. Yo recreo una escena, que me parece totalmente plausible, donde alguien le pregunta si es cierto que ella es la persona peor hablada de los medios, y su respuesta es: ‘Sí, es verdad, pero a vos, ¿qué carajo te importa?’. En fin, es esa distancia que aparece también en su imagen, siempre con las gafas oscuras, que para mí era un detalle clave. Una vez le pregunté a alguien que había trabajado con ella qué escondía detrás de los anteojos, y dijo que nada, sólo una gran miopía. Pero yo estaba convencida de que ahí había algo, y después vengo a enterarme, por medio de Leocadia, esa gran colaboradora, que la llamaban por teléfono y le gritaban ‘judía de mierda, te vamos a matar’, y que vivía muy atemorizada, que incluso le pedía que la acompañara a la radio cada vez que salía. Para mí, había inseguridad y miedo, bastante miedo ante la gran exposición que en ese momento significaba ocupar el lugar que ocupó ella en la televisión.”
Blackie, con todo respeto perfila la imagen verosímil de una mujer arrolladora impulsada, en verdad, por el temor a la depresión, a la soledad y a la insatisfacción. Algunos de los detalles que llegan por intermedio de su mucama resultan conmovedores, como las noches en que la incansable señora, vencida al fin de la jornada, no lograba conciliar el sueño sino en brazos de su fiel Leocadia, acosada por la angustia, el insomnio y el llanto. Otros pasajes, novelados por Escliar, procuran conjeturar la actitud de su protagonista ante los distintos eventos históricos y los vaivenes políticos, procedimiento en que la autora reconoce su deuda con David Viñas. En suma, un minucioso intento por develar los recovecos de una de las figuras más célebres pero también más desconocidas de la cultura argentina, sometida al silencio –como buena parte de la televisión de su época– por la escandalosa falta de archivos y la pérdida de buena parte de una historia irrecuperable.
Hugo Salas
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Los argentinos y el dinero: ¿Está mal ser rico en nuestro país?
Empresario de la industria alimentaria, Rubén S., 56 años, sale a correr todas las mañanas por el circuito que bordea el Vilas Club, en Palermo. La mañana que fue atacado a escupitajos llevaba unas modernas, finas y caras zapatillas Nike, que había comprado en el free shop . Fue entonces cuando los vio venir: era un micro repleto de barrabravas del club Excursionistas, custodiado por un patrullero de la Federal. "A quién habrás cagado para tener esas zapatillas....", le gritó uno, enfurecido. Y sin esperar respuesta le siguió una catarata de escupidas y de insultos, ante la mirada, algo divertida, de los custodios.
"¡Aguante, Excursio..! ", dio la voz de marcha otro de los forzudos. Y el micro arrancó, raudo y alegre, con el orgullo de la tarea cumplida.
Claro que no hace falta ser de "Excursio", ni barrabrava, para experimentar esos sentimientos. Sin pasar al acto, muchos integrantes de la clase media urbana, la clase media recuperada y también algunos de la clase media alta compartirían esa deducción sobre el tipo de las zapatillas caras.
¿Está mal tener plata y mostrarla en Argentina, aunque se trate dinero legítimo? ¿Por qué la cultura argentina del dinero se conecta con la culpa, el ocultamiento y la sombra de lo que fue obtenido con malas artes o a costa de otros? ¿Por qué muchas veces leemos, casi en términos lineales, la pobreza como bondad y la riqueza como perversión? ¿Por qué hay un ranking público de ricos en Estados Unidos y aquí es un secreto de Estado?
La sociedad argentina es aluvional, como dice la socióloga Ana Wortman, y la riqueza no depende de un título nobiliario o del nivel educativo. Es decir: potencialmente, cualquiera puede hacerse rico en Argentina, con un cambio de modelo económico, en una sola generación, ¿No es esa sensación de ganancia rápida, pero no democrática, la que más sombra arroja sobre nuestros prejuicios con el dinero? Y esos prejuicios, ¿qué lugar ocupan para que siempre nos vaya mal como país?
El aumento de la inseguridad en los últimos años, la falta de distancia social entre pobres y ricos -entendida como carencia de respeto hacia el poderoso, tal como apunta el politólogo Guillermo O Donnell en su estudio comparado entre las culturas brasileña, más elitista en este punto, y la argentina-, la influencia del catolicismo y la herencia cultural europea, antes que norteamericana, son elementos que fueron configurando, a lo largo del tiempo, esta relación difícil entre los argentinos y el dinero. Además, por supuesto, de una lamentablemente larga lista de anécdotas sobre riquezas mal habidas que tienden a reforzar la desconfianza y los prejuicios.
Hay también algo muy argentino, pero que se engarza, a la vez, con la cultura del capitalismo global: la posibilidad (y la ilusión) de hacerse rico en poco tiempo. El boom inmobiliario de los últimos años K ofrece muchos ejemplos de riqueza súbita. Pero eso de hacerse rico en poco tiempo despierta también sospechas: "Son las ganancias rápidas asociadas al tráfico de influencias, un procedimiento que no es democrático porque tiene que ver con la posición estratégica que ocupan esas personas", reflexiona el sociólogo Eduardo Fidanza, director de la consultora Poliarquía.
Es que la Argentina fue y sigue siendo una sociedad móvil, completa Wortman, aunque obviamente que de una manera diferente de la movilidad que fluía hasta los años setenta, cuando se quebró el modelo productivo. Pero lo cierto es que es posible hacerse rico en pocos años, lo cual alimenta la idea de que cualquiera puede lograrlo. "Por eso, la gente acepta bien que un famoso o un futbolista aparezcan súbitamente en el escenario de los ricos, porque son excepcionales, pero no alguien como uno. Y es allí donde se desconfía", agrega.
Hay algo que es obvio: la riqueza -y sobre todo su exhibición ante la mirada de los otros- dispara sentimientos intensos en el imaginario argentino, sobre todo después de la crisis de 2001, que no sólo nos dejó un país más desigual sino que además -en esto coinciden Eduardo Fidanza y el doctor en Ciencia Política Marcelo Cavarozzi- inauguró una nueva cultura que estigmatiza la riqueza ostentosa, en clara oposición con la cultura de los noventa. De ahí que mostrar lujo o, simplemente, querer ganar dinero resulta un lugar incómodo y puede disparar toda una gama de emociones tóxicas, como resentimiento, culpa, vergüenza, inadecuación, odio, envidia, inseguridad y la sospecha.
"El 2001 hizo caer la matriz", alerta el CEO de la consultora de mercado CCR, Guillermo Oliveto, que suma su punto de observación, desde el marketing .
¿Quién se atrevería hoy a hacer público desembozadamente que le encanta ganar plata o a mostrar libremente consumos caros cuando las sombras demoníacas podrían caer sobre él?
Claro que esta "matriz" no siempre fue igual a lo largo de la historia y ya había conflicto con el tema mucho antes de 2001. Cavarozzi, decano de la Escuela de Política y Gobierno de la Universidad de San Martín, recuerda: "La admiración que sentían los argentinos en las primeras décadas del siglo XX por el progreso social no incluía, por cierto, un juicio negativo sobre la riqueza. Era el tiempo en que, en París, se decía ´rico como un argentino . Lo que es cierto es que esa clase próspera, vinculada al modelo agroexportador, nunca fue considerada un ejemplo o heroica, como sí podía serlo el self made man para los americanos".
Precisamente, la caída del modelo agroexportador, la crisis del 30, la irrupción del peronismo y, más tarde, el rodrigazo, Martínez de Hoz, el auge del capital financiero y el menemismo fueron sacudones que marcaron quiebres y cambios en esta relación difícil entre los argentinos y el dinero.
Claro que los argentinos de esta década no ocultan lo que tienen cuando viajan a Punta del Este o a Miami, por ejemplo. Bien lejos de las miradas argentinas, el turismo criollo vip no se priva de mostrar sus Hummer, sus Audi, sus Mercedes Benz Smart For-Two, ni tampoco de contar abiertamente, en una heladería, que sus vacaciones familiares costaron 10 mil dólares, tal como relata Oliveto que escuchó, al pasar, este verano en el Este.
"Sólo se habla de dinero en círculos blindados -explica Oliveto-, entre pares. También aquí, en Buenos Aires, la clase alta y media alta tiene un circuito, al que yo llamo ´escalectric (cerrado y circular), de circulación del dinero: se mueve en tubos de seguridad, pero con valores distintos a los de los noventa. Hay mayor sensibilidad hacia el afuera", señala.
Pero, ¿por qué sólo hablar libremente de dinero en tubos de seguridad, entre iguales? ¿Hablar de plata o de cuánto uno gana puede ser más tabú que el sexo? El doctor en psicología Sergio Rodríguez, integrante de la institución Psyche Anudamientos, lo mira desde su paradigma lacaniano: "Entres pares, se está más pendiente de la competencia, pero hay menos temor a la envidia, que es un sentimiento mucho más destructivo, tanto para el que la siente como para el destinatario. Con la envidia, pueden dañarte. La competencia, en cambio, tiende más a buscar mejorar la performance propia".
Los head hunter (cazadores de altos ejecutivos) la tienen clara en este punto. "Aquí hay cosas de las que directamente nadie habla jamás; a veces, ni siquiera con la propia esposa, sobre todo cuando se gana mucho dinero. Las compañias, por supuesto, blindan las remuneraciones más altas. Es que, a ver ...si vos ganaras tres millones de pesos en Argentina, ¿lo dirías abiertamente?", desafió a esta cronista un prestigioso head hunter de una de las consultoras multinacionales más importantes del mundo, con base en Buenos Aires.
En Estados Unidos, es cierto, se sabe todo, y en Europa se sabe bastante más que en nuestras tierras. Las compañías norteamericanas que cotizan en la bolsa están obligadas a publicar cuánto ganan sus ejecutivos y transparentar qué beneficios reciben: si tienen o no derecho a un jet; si ganan un millón de dólares como base o más.
El ranking de los más ricos no es un secreto de Estado en el país del dólar.
Nadie hace plata trabajando
Basta hurgar un poco en la memoria colectiva para que, enseguida, surjan escenas bien ilustrativas: la histórica frase del inefable Luis Barrionuevo cuando en los noventa vaticinó que, en este país, nadie hace la plata trabajando; Néstor Kirchner culpando exclusivamente a los ricos y poderosos por la desdicha argentina; el dueño de un BMW atrincherado en el country, negándose a pagarle a Montoya las patentes de su auto; ricos y famosos traficando influencias para traer vehículos vip con franquicia diplomática para evadir impuestos. Ni qué hablar del dinero ahorrado, que de pronto puede desaparecer en un parpadeo, como ocurrió con el corralito.
En su ensayo Ideas Falsas: moral para gente que quiere vivir , Alejandro Rozitchner desmonta 41 creencias distorsionadas de los argentinos, entre ellas las que asocian la riqueza con maldad y viceversa. "Ser pobre no es ser bueno; es ser pobre. El pobrismo es sólo una visión del mundo", apunta, en su provocador manual. Desde su perspectiva psicoanalítica, Sergio Rodríguez explica por qué germina esta creencia: cualquier falsa creencia, por más distorsionada que sea, tiene una parte de verdad, de lo contrario no prendería en el inconsciente colectivo. "Es que, el no tener, por definición, no puede generar acusaciones de abuso o apropiación", aclara.
Wortman, investigadora de la UBA que acaba de publicar Construcción imaginaria de la desigualdad social, un libro sobre la transformación de las clases medias en los años de la post crisis, asegura que "las personas parecen despojarse de responsabilidades colectivas a medida que crece el enriquecimiento personal; parecería, entonces, que siempre hay una trampa en el enriquecimiento, algo que no se puede contar. La tendencia a ocultar el nivel de ingresos está ligada, entre otras cosas, a evitar pagar impuestos o a mantener en negro al personal". Las crónicas periodísticas parecen darle la razón a Wortman: el escándalo de lo vehículos vip que ingresaron al país con franquicias diplomáticas para evitar el pago de impuestos fue protagonizado por los que más tienen en Argentina.
Claro que las cosas no se ven igual desde todos lados. Por ejemplo, para el empresario Eduardo Marty, creador de la ONG Junior Achievement, destinada a fomentar el espíritu emprendedor en los chicos, pagar impuestos en exceso es una traba para el capitalismo emprendedor. Fiel a la filosofía Ayn Rand, Marty cree que levantar el perfil, en Argentina, es exponerse a los "deprededaroes". Claro que para él los depredadores no son sólo los que miran con envidia, o los que podrían robarle, sino también los organismos recaudadores de impuestos.
"Tener plata en Estados Unidos es un recordatorio de tu inteligencia y ´ make money significa ´hacer dinero; no quitárselo a alguien", agrega Marty, un poco en la línea del japonés Robert Kiyosaki, autor del best seller Padre Rico, Padre Pobre , que alienta un cambio de paradigma para la cultura financiera de la clase media. Quienes se dedican a vender, como Oliveto, aseguran que el de Kiyosaki es un libro culposo en Argentina, de esos que uno tiene que forrar para poder leer tranquilo en el subte.
El analista venezolano Axel Capriles, quien estudió los traumas latinoamericanos en relación con el dinero y con el espíritu emprendedor, bucea en nuestras tradiciones culturales y enciende una luz roja en relación con la herencia cultural hispánica, por la manera en que ella bloqueó el desarrollo de la cultura empresarial y la racionalidad económica que hicieron prosperar al resto de Europa. Según Capriles, América latina, y no sólo la Argentina, es hija de la disociación y represión del dinero en el alma hispánica, alimentada por las restricciones del catolicismo. El protestantismo, al revés del catolicismo, y tal como Max Weber lo expuso en uno de sus libros cumbre, La ética protestante y el espíritu del capitalismo , conecta la prosperidad de un individuo con el hecho de haber sido bendecido por Dios.
Pero la Argentina tuvo, además, el estallido -en todos los sentidos- de 2001, y ése es un punto de inflexión clave, también para la relación con el dinero. Para Eduardo Fidanza, a partir de la crisis y en coincidencia con la era K, se instala un nuevo clima de época que, por otra parte, Néstor Kirchner supo captar muy bien. El ex presidente exculpó a la clase media por sus responsabilidades, dice el director de Poliarquía, y construyó una novela sobre la desgracia argentina cuyos culpables son exclusivamente los ricos y los poderosos.
A este cuadro se suma, sigue Fidanza, que el 2001 efectivamente nos dejó un país brutalmente desigual, mucho más que antes. Y también se suman, claro, causas estructurales e históricas. Como recuerda Wortman: "La oligarquía argentina siempre fue muy consumista y ostentosa, sobre todo en las primeras décadas del siglo pasado. Pero ocurre que, desde esas primeras décadas hasta la crisis del 30, los ricos y los pobres no compartían espacios comunes. "A principios del siglo XX, cada clase social era perfectamente distinguible en una calle de Buenos Aires. Había una correspondencia entre el ser y la apariencia, y por tanto una distancia que podía no subrayarse, ya que era suficientemente explícita", agrega el profesor de la UBA y autor de Los cuatro peronismos , Alejandro Horowicz.
Sin embargo, ya en aquellos años, dice Cavarozzi, la Argentina era más igualitaria que otras sociedades latinoamericanas: "Vivimos en una sociedad en la que la distancia social con la clase alta no tiene el mismo significado que en Brasil. Aquí no hay reverencia hacia los ricos".
Pero es el surgimiento del peronismo lo que vino a marcar un hito en esta historia de la riqueza material, el dinero y la irreverencia. Como asegura el historiador Tulio Halperín Donghi: el peronismo fue una revolución social, sin una revolución política. El salario real creció el 25 por ciento en cuatro años, entre el 45 y el 48, recuerda Cavarozzi: "hay pocos ejemplos mundiales de un crecimiento semejante en el poder de compra salarial, aunque eso haya significado desajustes severos en nuestra economía". Horowicz agrega que el peronismo cambió la noción de ciudadanía porque antes, para ser ciudadano, había que ser patricio.
Así en la trama argentina, nuestros traumas con el dinero no pueden buscarse en un solo lugar ni achacarse a una sola variable. Tema complejo y tabú si los hay, todas las razones juntas parecen haber quedado archivadas e influir desde nuestro inconsciente colectivo.
De Puerto Madero a Palermo
La nueva clase alta, que ha incorporado valores más globalizados, cultiva un perfil de dinero “cool” –con plata, pero sensibles– y tiene como puntos de referencia urbanos a Puerto Madero Este –el hotel Faena es el ícono de la nueva clase alta argentina– y a Palermo Soho, en lugar del Puerto Madero tradicional, más ligado a los noventa. Consumen tecnología, autos de lujo (aunque con mucha más cautela, dirá Guillermo Oliveto), hoteles boutique –más íntimos, menos show off–, cultura gourmet y étnica, y valoran la ecología, la diversidad. “Hay un cuidado por el afuera y hay más transparencia. Son muy ‘my way’, estilo propio. Está claro que hoy, cualquiera que haga un negocio grande, tiene que dar explicaciones”.
Según fuentes empresarias y datos de 2007, el segmento ABC1 está compuesto por el 5 por ciento de la sociedad argentina: son 500 mil hogares o 2 millones de personas. El 1 por ciento más top del 5 top tiene un ingreso familiar mensual promedio de 47 mil pesos, y si a la clase alta le sumamos la clase media alta, tenemos unos 8 millones de personas, sobre 40. En el piso de la pirámide, 10 millones de personas, muy por debajo de la línea de pobreza, con 370 pesos de ingreso familiar en su núcleo más duro.
Con culpa
“Cuando era chico, en Necochea, asociaba ser rico con algo perverso porque así me habían educado – cuenta el ejecutivo César Bayarsky, gerente comercial de Radio Palermo–. Los argentinos no creemos realmente en el progreso, ni en el capitalismo. Hay una reivindicación de la pobreza, como si ser pobre fuera sinónimo de ser bueno. Hay un culto al nihilismo: el que no cree en nada, ni en nadie, el que dice que todo va a ir para peor, ese sí que la tiene clara, pensamos. En cambio, el que confía en el país o en sí mismo para generar recursos es un tarado o un ingenuo. Cuando entré en la facultad para estudiar psicología, había que ser de izquierda sí o sí. Me costó pensar distinto y cambiar mis creencias: empecé a creer que no estaba mal querer ganar planta y que, si yo creaba riqueza, también podría crearla para otros. Me instalé en Buenos Aires, inventé un negocio que no existía: radio para pequeños emprendedores. No tenía red, no tenía familia con dinero y pude crecer, quizá por eso, porque sabía que no tenía red. Pero sólo pude hacerlo cuando me di cuenta de que ser rico no era sinónimo de ser perverso; al contrario: sólo es libre el que genera sus propios recursos”.
Juan Pedro F., 56 años, casado, productor agropecuario, católico practicante, viven en un country de la zona norte; su hobby es coleccionar autos de lujo y dice: “En la Argentina, levantar el perfil es exponerte a los depredadores: la prensa amarilla te investiga, la AFIP te persigue. La gente que tiene fortuna anda escondida y no es sólo por la inseguridad, sino por temor a la mirada del otro, por miedo a la envidia. En los últimos años, además, no son los malos manejos de aquí los culpables de nuestro infortunio, sino los Estados Unidos, el FMI, el Banco Mundial, las empresas multinacionales, los empresarios argentinos o los que tienen campos. Uno de los subproductos que deja esta forma de pensar es el resentimiento. Una vez, mientras manejaba un Saab descapotable, tuve un incidente con otro conductor en Figueroa Alcorta y en un momento salió corriendo y me amenazó con un matafuego: me quería romper todo el auto. Por eso, el Saab prácticamente no va a la ciudad. Hay un circuito especial para los autos caros.
Andrea M, 42 años, instrumentista, esposa de un comerciante que ganó con el cambio de modelo económico K a partir del boom inmobiliario, vive en un barrio cerrado en Pilar: “La culpa que a mí me generó empezar a tener dinero hizo que terminara dejando mi trabajo, en el hospital de Pilar. Cuando mi marido cambió el auto, le pedía que me fuera a buscar a dos cuadras porque la culpa me mataba. No soportaba ver que mis compañeras a veces no pudieran llegar a fin de mes, mientras que yo me iba a México o a Europa. Vivía mintiendo, ocultando lo que estábamos logrando. Lo trabajé mucho en terapia, pero al final, me tuve que ir del hospital. Recién este año me pude relajar”.
Laura Di Marco
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"¡Aguante, Excursio..! ", dio la voz de marcha otro de los forzudos. Y el micro arrancó, raudo y alegre, con el orgullo de la tarea cumplida.
Claro que no hace falta ser de "Excursio", ni barrabrava, para experimentar esos sentimientos. Sin pasar al acto, muchos integrantes de la clase media urbana, la clase media recuperada y también algunos de la clase media alta compartirían esa deducción sobre el tipo de las zapatillas caras.
¿Está mal tener plata y mostrarla en Argentina, aunque se trate dinero legítimo? ¿Por qué la cultura argentina del dinero se conecta con la culpa, el ocultamiento y la sombra de lo que fue obtenido con malas artes o a costa de otros? ¿Por qué muchas veces leemos, casi en términos lineales, la pobreza como bondad y la riqueza como perversión? ¿Por qué hay un ranking público de ricos en Estados Unidos y aquí es un secreto de Estado?
La sociedad argentina es aluvional, como dice la socióloga Ana Wortman, y la riqueza no depende de un título nobiliario o del nivel educativo. Es decir: potencialmente, cualquiera puede hacerse rico en Argentina, con un cambio de modelo económico, en una sola generación, ¿No es esa sensación de ganancia rápida, pero no democrática, la que más sombra arroja sobre nuestros prejuicios con el dinero? Y esos prejuicios, ¿qué lugar ocupan para que siempre nos vaya mal como país?
El aumento de la inseguridad en los últimos años, la falta de distancia social entre pobres y ricos -entendida como carencia de respeto hacia el poderoso, tal como apunta el politólogo Guillermo O Donnell en su estudio comparado entre las culturas brasileña, más elitista en este punto, y la argentina-, la influencia del catolicismo y la herencia cultural europea, antes que norteamericana, son elementos que fueron configurando, a lo largo del tiempo, esta relación difícil entre los argentinos y el dinero. Además, por supuesto, de una lamentablemente larga lista de anécdotas sobre riquezas mal habidas que tienden a reforzar la desconfianza y los prejuicios.
Hay también algo muy argentino, pero que se engarza, a la vez, con la cultura del capitalismo global: la posibilidad (y la ilusión) de hacerse rico en poco tiempo. El boom inmobiliario de los últimos años K ofrece muchos ejemplos de riqueza súbita. Pero eso de hacerse rico en poco tiempo despierta también sospechas: "Son las ganancias rápidas asociadas al tráfico de influencias, un procedimiento que no es democrático porque tiene que ver con la posición estratégica que ocupan esas personas", reflexiona el sociólogo Eduardo Fidanza, director de la consultora Poliarquía.
Es que la Argentina fue y sigue siendo una sociedad móvil, completa Wortman, aunque obviamente que de una manera diferente de la movilidad que fluía hasta los años setenta, cuando se quebró el modelo productivo. Pero lo cierto es que es posible hacerse rico en pocos años, lo cual alimenta la idea de que cualquiera puede lograrlo. "Por eso, la gente acepta bien que un famoso o un futbolista aparezcan súbitamente en el escenario de los ricos, porque son excepcionales, pero no alguien como uno. Y es allí donde se desconfía", agrega.
Hay algo que es obvio: la riqueza -y sobre todo su exhibición ante la mirada de los otros- dispara sentimientos intensos en el imaginario argentino, sobre todo después de la crisis de 2001, que no sólo nos dejó un país más desigual sino que además -en esto coinciden Eduardo Fidanza y el doctor en Ciencia Política Marcelo Cavarozzi- inauguró una nueva cultura que estigmatiza la riqueza ostentosa, en clara oposición con la cultura de los noventa. De ahí que mostrar lujo o, simplemente, querer ganar dinero resulta un lugar incómodo y puede disparar toda una gama de emociones tóxicas, como resentimiento, culpa, vergüenza, inadecuación, odio, envidia, inseguridad y la sospecha.
"El 2001 hizo caer la matriz", alerta el CEO de la consultora de mercado CCR, Guillermo Oliveto, que suma su punto de observación, desde el marketing .
¿Quién se atrevería hoy a hacer público desembozadamente que le encanta ganar plata o a mostrar libremente consumos caros cuando las sombras demoníacas podrían caer sobre él?
Claro que esta "matriz" no siempre fue igual a lo largo de la historia y ya había conflicto con el tema mucho antes de 2001. Cavarozzi, decano de la Escuela de Política y Gobierno de la Universidad de San Martín, recuerda: "La admiración que sentían los argentinos en las primeras décadas del siglo XX por el progreso social no incluía, por cierto, un juicio negativo sobre la riqueza. Era el tiempo en que, en París, se decía ´rico como un argentino . Lo que es cierto es que esa clase próspera, vinculada al modelo agroexportador, nunca fue considerada un ejemplo o heroica, como sí podía serlo el self made man para los americanos".
Precisamente, la caída del modelo agroexportador, la crisis del 30, la irrupción del peronismo y, más tarde, el rodrigazo, Martínez de Hoz, el auge del capital financiero y el menemismo fueron sacudones que marcaron quiebres y cambios en esta relación difícil entre los argentinos y el dinero.
Claro que los argentinos de esta década no ocultan lo que tienen cuando viajan a Punta del Este o a Miami, por ejemplo. Bien lejos de las miradas argentinas, el turismo criollo vip no se priva de mostrar sus Hummer, sus Audi, sus Mercedes Benz Smart For-Two, ni tampoco de contar abiertamente, en una heladería, que sus vacaciones familiares costaron 10 mil dólares, tal como relata Oliveto que escuchó, al pasar, este verano en el Este.
"Sólo se habla de dinero en círculos blindados -explica Oliveto-, entre pares. También aquí, en Buenos Aires, la clase alta y media alta tiene un circuito, al que yo llamo ´escalectric (cerrado y circular), de circulación del dinero: se mueve en tubos de seguridad, pero con valores distintos a los de los noventa. Hay mayor sensibilidad hacia el afuera", señala.
Pero, ¿por qué sólo hablar libremente de dinero en tubos de seguridad, entre iguales? ¿Hablar de plata o de cuánto uno gana puede ser más tabú que el sexo? El doctor en psicología Sergio Rodríguez, integrante de la institución Psyche Anudamientos, lo mira desde su paradigma lacaniano: "Entres pares, se está más pendiente de la competencia, pero hay menos temor a la envidia, que es un sentimiento mucho más destructivo, tanto para el que la siente como para el destinatario. Con la envidia, pueden dañarte. La competencia, en cambio, tiende más a buscar mejorar la performance propia".
Los head hunter (cazadores de altos ejecutivos) la tienen clara en este punto. "Aquí hay cosas de las que directamente nadie habla jamás; a veces, ni siquiera con la propia esposa, sobre todo cuando se gana mucho dinero. Las compañias, por supuesto, blindan las remuneraciones más altas. Es que, a ver ...si vos ganaras tres millones de pesos en Argentina, ¿lo dirías abiertamente?", desafió a esta cronista un prestigioso head hunter de una de las consultoras multinacionales más importantes del mundo, con base en Buenos Aires.
En Estados Unidos, es cierto, se sabe todo, y en Europa se sabe bastante más que en nuestras tierras. Las compañías norteamericanas que cotizan en la bolsa están obligadas a publicar cuánto ganan sus ejecutivos y transparentar qué beneficios reciben: si tienen o no derecho a un jet; si ganan un millón de dólares como base o más.
El ranking de los más ricos no es un secreto de Estado en el país del dólar.
Nadie hace plata trabajando
Basta hurgar un poco en la memoria colectiva para que, enseguida, surjan escenas bien ilustrativas: la histórica frase del inefable Luis Barrionuevo cuando en los noventa vaticinó que, en este país, nadie hace la plata trabajando; Néstor Kirchner culpando exclusivamente a los ricos y poderosos por la desdicha argentina; el dueño de un BMW atrincherado en el country, negándose a pagarle a Montoya las patentes de su auto; ricos y famosos traficando influencias para traer vehículos vip con franquicia diplomática para evadir impuestos. Ni qué hablar del dinero ahorrado, que de pronto puede desaparecer en un parpadeo, como ocurrió con el corralito.
En su ensayo Ideas Falsas: moral para gente que quiere vivir , Alejandro Rozitchner desmonta 41 creencias distorsionadas de los argentinos, entre ellas las que asocian la riqueza con maldad y viceversa. "Ser pobre no es ser bueno; es ser pobre. El pobrismo es sólo una visión del mundo", apunta, en su provocador manual. Desde su perspectiva psicoanalítica, Sergio Rodríguez explica por qué germina esta creencia: cualquier falsa creencia, por más distorsionada que sea, tiene una parte de verdad, de lo contrario no prendería en el inconsciente colectivo. "Es que, el no tener, por definición, no puede generar acusaciones de abuso o apropiación", aclara.
Wortman, investigadora de la UBA que acaba de publicar Construcción imaginaria de la desigualdad social, un libro sobre la transformación de las clases medias en los años de la post crisis, asegura que "las personas parecen despojarse de responsabilidades colectivas a medida que crece el enriquecimiento personal; parecería, entonces, que siempre hay una trampa en el enriquecimiento, algo que no se puede contar. La tendencia a ocultar el nivel de ingresos está ligada, entre otras cosas, a evitar pagar impuestos o a mantener en negro al personal". Las crónicas periodísticas parecen darle la razón a Wortman: el escándalo de lo vehículos vip que ingresaron al país con franquicias diplomáticas para evitar el pago de impuestos fue protagonizado por los que más tienen en Argentina.
Claro que las cosas no se ven igual desde todos lados. Por ejemplo, para el empresario Eduardo Marty, creador de la ONG Junior Achievement, destinada a fomentar el espíritu emprendedor en los chicos, pagar impuestos en exceso es una traba para el capitalismo emprendedor. Fiel a la filosofía Ayn Rand, Marty cree que levantar el perfil, en Argentina, es exponerse a los "deprededaroes". Claro que para él los depredadores no son sólo los que miran con envidia, o los que podrían robarle, sino también los organismos recaudadores de impuestos.
"Tener plata en Estados Unidos es un recordatorio de tu inteligencia y ´ make money significa ´hacer dinero; no quitárselo a alguien", agrega Marty, un poco en la línea del japonés Robert Kiyosaki, autor del best seller Padre Rico, Padre Pobre , que alienta un cambio de paradigma para la cultura financiera de la clase media. Quienes se dedican a vender, como Oliveto, aseguran que el de Kiyosaki es un libro culposo en Argentina, de esos que uno tiene que forrar para poder leer tranquilo en el subte.
El analista venezolano Axel Capriles, quien estudió los traumas latinoamericanos en relación con el dinero y con el espíritu emprendedor, bucea en nuestras tradiciones culturales y enciende una luz roja en relación con la herencia cultural hispánica, por la manera en que ella bloqueó el desarrollo de la cultura empresarial y la racionalidad económica que hicieron prosperar al resto de Europa. Según Capriles, América latina, y no sólo la Argentina, es hija de la disociación y represión del dinero en el alma hispánica, alimentada por las restricciones del catolicismo. El protestantismo, al revés del catolicismo, y tal como Max Weber lo expuso en uno de sus libros cumbre, La ética protestante y el espíritu del capitalismo , conecta la prosperidad de un individuo con el hecho de haber sido bendecido por Dios.
Pero la Argentina tuvo, además, el estallido -en todos los sentidos- de 2001, y ése es un punto de inflexión clave, también para la relación con el dinero. Para Eduardo Fidanza, a partir de la crisis y en coincidencia con la era K, se instala un nuevo clima de época que, por otra parte, Néstor Kirchner supo captar muy bien. El ex presidente exculpó a la clase media por sus responsabilidades, dice el director de Poliarquía, y construyó una novela sobre la desgracia argentina cuyos culpables son exclusivamente los ricos y los poderosos.
A este cuadro se suma, sigue Fidanza, que el 2001 efectivamente nos dejó un país brutalmente desigual, mucho más que antes. Y también se suman, claro, causas estructurales e históricas. Como recuerda Wortman: "La oligarquía argentina siempre fue muy consumista y ostentosa, sobre todo en las primeras décadas del siglo pasado. Pero ocurre que, desde esas primeras décadas hasta la crisis del 30, los ricos y los pobres no compartían espacios comunes. "A principios del siglo XX, cada clase social era perfectamente distinguible en una calle de Buenos Aires. Había una correspondencia entre el ser y la apariencia, y por tanto una distancia que podía no subrayarse, ya que era suficientemente explícita", agrega el profesor de la UBA y autor de Los cuatro peronismos , Alejandro Horowicz.
Sin embargo, ya en aquellos años, dice Cavarozzi, la Argentina era más igualitaria que otras sociedades latinoamericanas: "Vivimos en una sociedad en la que la distancia social con la clase alta no tiene el mismo significado que en Brasil. Aquí no hay reverencia hacia los ricos".
Pero es el surgimiento del peronismo lo que vino a marcar un hito en esta historia de la riqueza material, el dinero y la irreverencia. Como asegura el historiador Tulio Halperín Donghi: el peronismo fue una revolución social, sin una revolución política. El salario real creció el 25 por ciento en cuatro años, entre el 45 y el 48, recuerda Cavarozzi: "hay pocos ejemplos mundiales de un crecimiento semejante en el poder de compra salarial, aunque eso haya significado desajustes severos en nuestra economía". Horowicz agrega que el peronismo cambió la noción de ciudadanía porque antes, para ser ciudadano, había que ser patricio.
Así en la trama argentina, nuestros traumas con el dinero no pueden buscarse en un solo lugar ni achacarse a una sola variable. Tema complejo y tabú si los hay, todas las razones juntas parecen haber quedado archivadas e influir desde nuestro inconsciente colectivo.
De Puerto Madero a Palermo
La nueva clase alta, que ha incorporado valores más globalizados, cultiva un perfil de dinero “cool” –con plata, pero sensibles– y tiene como puntos de referencia urbanos a Puerto Madero Este –el hotel Faena es el ícono de la nueva clase alta argentina– y a Palermo Soho, en lugar del Puerto Madero tradicional, más ligado a los noventa. Consumen tecnología, autos de lujo (aunque con mucha más cautela, dirá Guillermo Oliveto), hoteles boutique –más íntimos, menos show off–, cultura gourmet y étnica, y valoran la ecología, la diversidad. “Hay un cuidado por el afuera y hay más transparencia. Son muy ‘my way’, estilo propio. Está claro que hoy, cualquiera que haga un negocio grande, tiene que dar explicaciones”.
Según fuentes empresarias y datos de 2007, el segmento ABC1 está compuesto por el 5 por ciento de la sociedad argentina: son 500 mil hogares o 2 millones de personas. El 1 por ciento más top del 5 top tiene un ingreso familiar mensual promedio de 47 mil pesos, y si a la clase alta le sumamos la clase media alta, tenemos unos 8 millones de personas, sobre 40. En el piso de la pirámide, 10 millones de personas, muy por debajo de la línea de pobreza, con 370 pesos de ingreso familiar en su núcleo más duro.
Con culpa
“Cuando era chico, en Necochea, asociaba ser rico con algo perverso porque así me habían educado – cuenta el ejecutivo César Bayarsky, gerente comercial de Radio Palermo–. Los argentinos no creemos realmente en el progreso, ni en el capitalismo. Hay una reivindicación de la pobreza, como si ser pobre fuera sinónimo de ser bueno. Hay un culto al nihilismo: el que no cree en nada, ni en nadie, el que dice que todo va a ir para peor, ese sí que la tiene clara, pensamos. En cambio, el que confía en el país o en sí mismo para generar recursos es un tarado o un ingenuo. Cuando entré en la facultad para estudiar psicología, había que ser de izquierda sí o sí. Me costó pensar distinto y cambiar mis creencias: empecé a creer que no estaba mal querer ganar planta y que, si yo creaba riqueza, también podría crearla para otros. Me instalé en Buenos Aires, inventé un negocio que no existía: radio para pequeños emprendedores. No tenía red, no tenía familia con dinero y pude crecer, quizá por eso, porque sabía que no tenía red. Pero sólo pude hacerlo cuando me di cuenta de que ser rico no era sinónimo de ser perverso; al contrario: sólo es libre el que genera sus propios recursos”.
Juan Pedro F., 56 años, casado, productor agropecuario, católico practicante, viven en un country de la zona norte; su hobby es coleccionar autos de lujo y dice: “En la Argentina, levantar el perfil es exponerte a los depredadores: la prensa amarilla te investiga, la AFIP te persigue. La gente que tiene fortuna anda escondida y no es sólo por la inseguridad, sino por temor a la mirada del otro, por miedo a la envidia. En los últimos años, además, no son los malos manejos de aquí los culpables de nuestro infortunio, sino los Estados Unidos, el FMI, el Banco Mundial, las empresas multinacionales, los empresarios argentinos o los que tienen campos. Uno de los subproductos que deja esta forma de pensar es el resentimiento. Una vez, mientras manejaba un Saab descapotable, tuve un incidente con otro conductor en Figueroa Alcorta y en un momento salió corriendo y me amenazó con un matafuego: me quería romper todo el auto. Por eso, el Saab prácticamente no va a la ciudad. Hay un circuito especial para los autos caros.
Andrea M, 42 años, instrumentista, esposa de un comerciante que ganó con el cambio de modelo económico K a partir del boom inmobiliario, vive en un barrio cerrado en Pilar: “La culpa que a mí me generó empezar a tener dinero hizo que terminara dejando mi trabajo, en el hospital de Pilar. Cuando mi marido cambió el auto, le pedía que me fuera a buscar a dos cuadras porque la culpa me mataba. No soportaba ver que mis compañeras a veces no pudieran llegar a fin de mes, mientras que yo me iba a México o a Europa. Vivía mintiendo, ocultando lo que estábamos logrando. Lo trabajé mucho en terapia, pero al final, me tuve que ir del hospital. Recién este año me pude relajar”.
Laura Di Marco
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